Miércoles, 22-4-2009 - Londres
El ecuador de las vacaciones, a partir de aquel día sería cuesta abajo (el transcurrir del tiempo, porque lo que es caminar sería cuesta arriba todo el rato).
Con un enorme capuchino del maldito Starbucks en una mano y un croissant en la otra bajé hacia Westminster para visitar la abadía. Francamente, me decepcionó un poco. Tiene detalles bonitos, las sillerías y la sala capitular no están nada mal, la cantidad de esculturas que hay en el interior no es nada habitual, pero… es la arquitectura en sí lo que decepciona. Típica nave con planta en cruz, típicos arcos apuntados, típico claustro (menos por lo de tener una cafetería en medio), típico… todo. No le encontré nada lo bastante excepcional como para darle una personalidad propia, o no la tiene o no se la supe encontrar.
Un poco frío seguí caminando hasta la Tate Britain. Me gustó más que la National Gallery, destacaría en especial la sala del romanticismo, la de los “paisajes visionarios”, la de los prerrafaelitas y, por supuesto, las Clore Galleries, donde se expone la obra y milagros de Turner. Éstas últimas junto con Ophelia de John Everet Millais son lo mejor del museo, en mi opinión.
Ya era casi la hora de comer, y como no vi nada (medianamente decente) por ahí cerca decidí ir al Victoria & Albert Museum y comer por la zona. Como la línea Victoria resultó estar fuera de servicio tuve que chuparme la caminata hasta la estación Victoria para coger el metro. Buscando la salida del metro más cercana al museo me topé de morros con la entrada, sin salir de los subterráneos se puede acceder a la planta baja (están locos estos bretones), que aproveché para ver, y quizá fue lo que más me gustó del museo, por el mobiliario de época. Me tuve que conformar con un sospechoso sándwich en la cafetería del museo, que me comí con mucha precaución para no morir envenenado en los jardines interiores. La colección del V&A es de lo más variopinta, al tratarse de un museo de las artes decorativas hay todo tipo de piezas de casi todas las épocas y partes del mundo. Sería difícil describirlo, y además no disfruté cómodamente con la paranoia de los sándwiches asesinos, y también había muchísimas salas cerradas por remodelación.
Seguí paseando hasta el Royal Albert Hall, constatando que la zona es de las más bonitas de Londres, abundante en edificios victorianos con su característico ladrillo rojo, de los cuales la palma se la lleva el auditorio en cuestión. Después continué arrastrándome hasta Harrods, merece la pena entrar en estos grandes almacenes sólo por ver la sección de alimentación de estilo eduardiano, y con un género que invita a dejar la Visa temblando. Conseguí salir de ahí con sólo un par de cajas de pastas para acompañar el té. Afortunadamente la estación de metro está en la puerta, y me dejé caer en ella para ir al hotel a descansar tras siete horas andando de aquí para allá.
Bajé en Leicester para entrar en una librería de Charing Cross de camino al hotel, me hice con tres volúmenes de Sandman que me faltaban (empecé la colección en inglés cuando estaba descatalogada, antes de la reedición) y ya de paso me llevé Neverwhere y The Graveyard Book, también de Neil Gaiman, ya que en Zaragoza no hay quien los encuentre.





