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9 Abr 2006

30/03/2006 | Tozeur - Sidi Bou Hallel - Chott el Djerid - Douz - Ksar Ghillane

Otra vez arriba a las 6 de la mañana. Menudos madrugones me pegué en este viaje, al menos así conseguí disfrutar de buena luz de mañana para hacer fotos.


Mausoleo de Sidi bou Hallel (Túnez)

Antes de entrar al Chott paramos en el mausoleo de Sidi Bou Hallel. No es un destino turístico, ni tiene nada de especial, pero está al lado de una garganta muy chula, y se disfruta de buenas vistas. Lamentablemente la luz desde un ángulo tan inclinado me fastidió las fotos de la garganta, que quedaba en unas sombras muy feas. Pero la aproveché bien para fotografía el mausoleo y algunas composiciones con el suelo pedregoso.


Lago salado de Chott El Djerid (Túnez)

Después cruzamos Chott El Djerid. Apenas se vio un amago de espejismo, cuando el sol empezaba levantarse un poco. Por el camino vimos un autobús hundido. Era de un grupo de turistas franceses se salieron de la carretera por una pista para contemplar los espejismos, y al parecer se adentraron más de la cuenta. El autobús empezó a hundirse y tuvieron que enviar varios coches para recogerlos. El autobús no pudieron remolcarlo, se había hundido demasiado. Y es que este lago es traicionero. El suelo es de sal cristalizada, parece sólido, pero debajo hay agua, y cuanto más te alejas de la carretera más peligro hay de hundirse. De hecho la carretera hay que reconstruirla cada 5 años, porque se va hundiendo poco a poco. En Chott El Djerid hay algunos manantiales, casi todos a lo largo de la carretera, producto de la excavación, los de más adentro no se pueden visitar, porque desde el incidente del autobús está terminantemente prohibido salirse de la carretera. A un lado el agua tomaba tonos verdosos, producto de la abundancia de cobre, y al otro rojizos, a causa del hierro, se supone que también los hay azul cobalto, pero esos no los vimos. Los manantiales van cristalizando la sal poco a poco, por precipitación. Lavarse las manos en ellos es mejor que usar una crema exfoliante. Se te quedan blancas y suaves por la sal. La pena es que han estropeado el paisaje con siluetas de camellos, como los toros de Osborne de las carreteras españolas, pero en cutre (más aún), y alguna barca ocasional para hacer la broma del “lago”.

Seguimos por la interminable carretera, totalmente recta, hasta Douz. Tenemos suerte, es jueves y hay mercado semanal. Así podremos ver el mercado de ganado. Primero paseamos por los puestos de verduras, especias y hortalizas. Casi no hay turistas, así que la estampa es más auténtica. El guía nos va enseñando los productos, que si aceite de oliva, que si romero, que si hinojo… Y paramos delante de un beduino, sentado en una estera. Vendía retales de lana de camello para hacer jaimas, mantos de algodón y un barnouz. Mi barnouz. El guía me lo puso por encima como demostración. Es un manto de lana de dromedario con capucha, muy tosco, pero eficaz. Pesa cerca de 5 kilos, y doy fe de que protege del frío, la arena, la lluvia y si te descuidas hasta de explosiones nucleares… Cuando me lo quita le pregunto cuánto vale. Se me queda mirando con cara rara y le pregunta al beduino (que obviamente no habla más que árabe, y quizás bereber). Después de una charla un tanto larga para consultar un precio me enseña los de algodón, pero que no, que yo quiero el de lana de dromedario. Parece que no entendía para qué narices lo quería, pero al final me dice “80 dinares”, y como allí no se acepta regateo los pago sin rechistar, y bien contento. Después nos acercamos a un médico berebere, que vende sus remedios a base de hierbas en el mercado. En realidad hay tres, uno no estaba, y el otro no tenía clientela, porque el que vimos nosotros es el más famoso y acapara a todos los enfermos. Yo siempre me he fiado de las hierbas medicinales, aunque no sirvan para todo, en general son tan eficaces, o más, que los comprimidos que venden las mafias farmacéuticas.

Seguimos el paseo hacia el mercado de ganado. Auténtico. Cabras, ovejas, cabritos, caballos… sólo quedaba un dromedario, y estaban en pleno proceso de regateo. Lo típico, mirándole los dientes y demás. Lamentablemente fue horas más tarde cuando me di cuenta de que estaba exponiendo un carrete de 50 asa a 100, todas las fotos sobreexpuestas. De todas formas al verlas no me gustaron tanto, pensaba que iban a quedar mejor, así que la pérdida no ha sido tan grave.

Douz es conocido como “las puertas del desierto”. Y de hecho hay una puerta, al cruzarla sólo ves el mar de arena. Al lado hay un monumento enorme, con forma de llave. Todo el mundo lleva puesto pañuelo/turbante, porque en cualquier momento se puede desatar una tormenta de arena sin previo aviso. Insistimos mucho preguntándole al guía si pagando un suplemento podríamos disfrutar de una, amanecer con un palmo de arena encima de la tienda daría algo más de vidilla al viaje. Pero parece ser que no, que no está en el catálogo. Escribiré una carta sugiriendo que la añadan en las próximas excursiones. Después del viaje fuimos a comprar los pañuelos. El típico de la zona es azul índigo, y son los únicos que se pueden encontrar de buena calidad. Pero a mi no me iban mucho, sacrifiqué calidad a cambio de color. El mío es negro. No había azul oscuro tuareg, pero el negro da el pego, aunque da mucho calor. El caso es que tampoco se veían muchos pañuelos azules por la calle… más bien blancos o negros.

Terminamos las compras y cruzamos la puerta del desierto, para hacer el paseo en dromedario. Te enchufan la chilaba por encima y el pañuelo. De horribles colores chillones, verde, amarillo o rojo. Como nostros llevábamos los nuestros no nos hizo falta. Hacía mucho viento y la arena se te mete por todas partes. El conductor nos puso los turbantes a modo tuareg, y nos dijo que si se levantaba mucho viento nos cubriéramos toda la cara, que podríamos ver a través de la tela. A tanto no llegué, pero si que me lo tuve que subir hasta los ojos, y aún con las gafas de sol los llevaba entrecerrados, porque se metía mogollón de arena. Aunque es muy guiri lo del paseo en dromedario me gustó mucho, al principio vas rígido y parece que te vas a caer por un lado a cada paso que da, pero enseguida te haces al movimiento. Es que vas sentado sobre el culo del dromedario, con la joroba por delante, y cada vez que mueve una pata te inclinas hacia el lado contrario. Cuestión de relajarse y amoldarse a su paso, a los pocos minutos ya estaba haciendo fotos sin sujetarme con las manos. La experiencia vale la pena. El mar de arena, el sol, el viento y el silencio, sólo interrumpido por el ruído que hacen los dromedarios cuando… ¿balan? ¿braman? como quiera que se diga… El ruído que hacen es impresionante, parecen monstruos, y cuando estás montado encima de uno notas como vibra todo su cuerpo. Aunque los dueños no te alejan mucho de Douz, lo justo para que se oculte detrás de las dunas, la sensación es auténtica.

Al volver se me quedaron mirando un grupo de franchutes, normal… ellos llevaban sus horripilantes pañuelos de colorines y tragando arena por todas partes, porque no les habían explicado como ponérselos para taparse. Nosotros íbamos bien cubiertos, y además yo molaba más que ellos, todo de negro. Ya puestos me chuleé un poco, ellos iban agarrados como si la vida les fuera en ello, y yo me dediqué a hacer fotos sujetándome sólo con las piernas. Durante el paseo se acercaron algunos mendas disfrazados, para hacerles la foto y pagarles luego, pero no piqué el anzuelo. Uno de ellos nos insultó llamándonos “españoles”. Debemos ser los únicos que no pican… Será que llevamos muchos años de experiencia con el turismo a la espalda y ya nos las sabemos todas…

Comimos allí mismo, en Douz, en otro hotel. Es lo peor del viaje, que comes de buffet, todo occidental. Algo de cus-cus ocasionalmente y algo de repostería local.

Después partimos hacia Ksar Ghillane, en medio del mar de arena. Un rato por carretera, y el resto por pistas de tierra. El recorrido es bonito, vas dejando atrás la maleza, pasar por los pastos de los beduinos y de repente todo es arena y dunas. A mitad de camino, en la pista, hay un bar de carretera, el único. Paramos y el conductor se pidió un bocadillo. El pan es parecido a la masa de pizza, en pequeño, y dentro lleva queso, atún y jalisha, una salsa picante. Me dio a probar un cacho, y estaba tan rico que aunque llevaba la tripa llena de la comida me pedí otro, por gula.


El Gran Erg Oriental (Túnez).

Llegamos al campamento y nos acomodamos en las tiendas. Poco después subimos a la torre de observación, para contemplar el paisaje. El cielo nublado otra vez… fotos de mierda… Pero por suerte al caer el sol apareció tras las nubes, y por fin pude hacer fotos comos dios manda. Menuda luz cogí entre las dunas. Desde ese momento el guía empezó a llamarme “el japonés”. Mientras los demás se sentaban en las dunas para ver el sol ponerse poco a poco yo iba correteando de aquí para allá, tirándome por los suelos, de duna en duna, buscando la foto. “Aquí no que hay pisadas”, “aquí tampoco que hay basura”, “aquí ni hablar que hay huellas de los 4×4″, “¡aquí, aquí! desde aquí mola”. Y a la vez protegiendo la cámara de la arena. Es tan fina que se levanta con poco aire que haga, y se mete por todas partes. ¡Incluso tuve que cambiar de carrete a mitad! Afortunadamente, porque fue entonces cuando me di cuenta de que había estado sobreexponiendo las fotos por no cambiar la sensibilidad del fotómetro. Otra vez a correr de aquí para allá. Lo de cambiar el carrete fue una aventura, protegiendo la cámara con mi cuerpo. Cuando acabé ya tenía los zapatos medio enterrados en la arena. Y es que no has estado en el desierto si no lo pisas descalzo y no muerdes arena. Lo segundo es muy fácil, basta con cerrarla con fuerza, y ella hará lo posible por meterse. Los siguientes tres días seguirás mordiendo arena aunque hallas dejado las dunas lejos.

A pesar de que la arena incordia lo suyo, creo que no he visto nunca nada más bonito que la fina arena del desierto, subiendo y bajando las dunas. En todo momento había una corriente de unos tres dedos de altura, valía la pena quedarse un rato sentado contemplando como se van borrando las huellas conforme la arena las va cubriendo, sin parar. Después de estar un rato hipnotizado te das cuenta de que la arena ha empezado a enterrar tus zapatillas, y que se está acumulando a tu espalda. Cuando el sol estaba ya demasiado bajo para hacer fotos me entretuve mirando como unos cuantos escarabajos se enterraban para dormir. Ya había visto a alguno en el campamento. Vi unas huellas minúsculas y decidí seguirlas a ver si averiguaba de qué bicho eran. Y efectivamente, eran de escarabajo. Cuando lo encontré estaba escarbando, haciendo un agujerito en el que se meten, y después empiezan a cubrirse de nuevo. Para protegerse, supongo que del frío, la arena, los pocos depredadores que hay… porque alguno tiene que haber. Donde hay escarabajos hay plantas, y donde hay plantas hay un ecosistema completo. Supongo que alguna serpiente o algún pajarillo basará su dieta en los escarabajos.

Tras ponerse el sol los que quisieron se bañaron en las aguas termales. A mi no me va el rollo, y estaba preocupado por la cámara, me fui a la tienda a limpiarla a fondo. Redios si había cogido arena… Por suerte por dentro no entró nada. La Nikon F2 es una todoterreno, para que luego hablen de las tecnologías modernas… lo que no aguante esta cámara no lo aguanta ninguna otra. Y los objetivos igual, por fuera llenos de arena, y entre el filtro ultravioleta y la lente también. Pero por dentro, en los anillos de enfoque, NADA. Totalmente limpios. En cambio el 70-300, que es moderno, tiene arena dentro, en el anillo del zoom. Lo tendré que llevar a limpiar, y lo jodido es que no salió de la bolsa…

Después de la cena fuimos un rato a mirar las estrellas. Se veían muchísimas, pero la verdad es que me decepcionó un poco. En los Monegros, volviendo de Barcelona por la noche, he visto más. Y desde el valle de Tena en los Pirineos todavía más. Supongo que en parte las eclipsaban las luces del campamento, y en parte la arena de la atmósfera. Les enseñé a localizar la estrella polar y a distinguir Orión, explicando las principales estrellas y la M42. Y vale, que tampoco sé más… soy muy novato en la astronomía. Como tenían frío (en cuanto hace un poco de aire ya tienen frío…) y yo estaba un poco decepcionado nos volvimos a las tiendas para dormir.

Al día siguiente, para variar, a las 6 arriba.

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