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9 Abr 2006

29/03/2006 | Tozeur - Chebika - Mides - Tamerza - Mos Eisley - Tozeur

Todavía medio dormidos vamos hacia el palmeral de Tozeur, nos dan una vuelta en calesa por el palmeral. La nuestra la tiraba una yegua llamada Sabrina, y la de las dos mozas un caballo llamado Yawara. Que significa “joya”, yo ya lo sabía porque me acordaba del personajillo de “La Joya del Nilo”, Al-Yawara.

Recorremos a pie una parte del palmeral, mientras el guía nos va explicando el sistema de cultivo. Muy apañado para una zona desértica con escasez de agua. El agua la sacan de pozos artesianos y manantiales de aguas termales, se deja enfriar con el aire y ya se puede usar para regar. Se cultiva en tres niveles. El más alto el de las palmeras, obviamente. Tozeur vive sobre todo del cultivo de dátiles, que tienen fama de ser los mejores de Túnez, translucidos, gordos y dulces. Yo no puedo dar fe porque me dan alergia. Cada familia tiene una hectárea de media, y contratan a alguien para que se encargue de regar, polinizar las palmeras y recoger la cosecha. Se lleva un 20% de los beneficios. El segundo nivel de cultivo corresponde a los árboles frutales, granadas, palmeras plataneras, naranjos y limoneros. El personal contratado también se lleva el 20%. Y en el tercer nivel, a ras de suelo, se cultivan legumbres, verduras y hortalizas. Este cultivo pertenece por entero al agricultor. él se lo guisa, él se lo come. Si la familia propietaria de las tierras quiere legumbres se las tiene que comprar. Se ayudan entre ellos para aligerar las tareas, así se juntan cuatro o cinco para polinizar, o recolectar una parcela, otro día hacer la de otra familia, etc…

Nos hicieron la típica demostración de como se suben a las palmeras, que no tiene nada de especial. Simplemente trepan alto, con los pies descalzos, para que con el tiempo se les haga callo, porque con calzado es muy difícil subir.

Después dimos un paseo por la antigua medina. Nos explicaron el sistema de picaportes de las puertas. Hay tres, el de arriba a la derecha es para los hombres, el de arriba a la izquierda está hueco para que suene distinto, y es para las mujeres. El de abajo a la derecha para los niños, más pequeño. De este modo, según el sonido, las mujeres saben si pueden abrir la puerta con tranquilidad o hablar desde detrás. Aunque hoy en día utilizan timbres eléctricos como todo hijo de vecino.

Salimos a “la plaza del pueblo”, con sus puestos de verduras y dátiles, y la calle mayor, plagada de tiendas de recuerdos. Volvemos pronto al hotel para comer y descansar un poco.

A medio día salimos hacia los oasis de montaña, cruzamos el pequeño lago salado Chott El Gharsa. Salimos a esa hora para poder contemplar los espejismos, que sólo se ven cuando el sol está muy alto. Y se vieron, vaya si se vieron. Al fondo se veía una turbulencia azulada que parecía el mar. En realidad había montañas, pero no se veían. También vi unas pequeñas manchas irreconocibles que parecían moverse, pero según íbamos avanzando por la carretera desaparecieron y se volvieron a ver las montañas. Antes de eso vimos otro rebaño de dromedarios, con crías y todo. Mamá dromedario se había cansado de dar de mamar a bebé dromedario, pero éste no se daba por aludido y seguía intentándolo. Mientras, otro se rascaba el cuello con los postes de luz.

Estos pastos son muy curiosos, hay vegetación baja, hierbajos y matas, pero el suelo es arenoso, se hacen dunas en miniatura. La carretera está protegida por vallas de ramas de palmera, que contienen la arena cuando hay tormentas, y evitan que la carretera desaparezca, literalmente, bajo la arena.

Paramos en el oasis de Chebika, a cierta distancia. Mejor para hacer la foto. Estamos ya en la parte más baja de la cordillera del Atlas, justo donde acaba. La altura máxima ronda los 700 metros, aunque parece más alto, porque Chott el Gharsa está bajo el nivel del mar. No entramos al palmeral, porque, según dice el guía, al ser natural, las palmeras están muy apelotonadas, y además vamos algo justos de tiempo.

Continuamos por una serpenteante carretera de montaña, que construyó Rommel, “El Zorro del Desierto”, para invadir Argelia a través de Túnez. Pasamos por delante de Tamerza sin parar, y continuamos hasta el cañón de Mides, de 30 metros de profundidad. Lamentablemente la vista buena me queda a contraluz, hice un par de fotos por probar pero, como me imaginaba, han quedado mal. Para acceder a la vista “de postal” hay que pasar un estrecho sendero, de esos en los que no te caben los dos pies juntos, con la pared a un lado y el vacío al otro. Servidor se ha criado en los Pirineos, y esas minucias no me suponen ningún problema. En uno de los chiringuitos para turistas vendían las, más que típicas, rosas del desierto, así como minerales. Amatista y mica, sobre todo. También había unos pedruscos que el guía aseguraba que eran meteoritos. Pero tenían una pinta muy artificial… y parecían demasiado grandes. Una roca de un palmo de diámetro aún monta un cisco considerable al estamparse contra la tierra. Si lo hubiera visto claro me habría llevado uno, pero no tenían buena pinta, la verdad. Muchos meteoritos había ahí…


Oasis de Tamerza (Túnez)

Volvemos hacia el oasis de Tamerza y su cascada. Un poco decepcionante la cascada, tres metros de altura como mucho, y de un palmo y medio de anchura. Claro, que en medio del desierto es toda una singularidad. Pero yo estoy acostumbrado a las del valle de Ordesa, y esa me supo a poco. Aún con todo pude hacer fotos muy chulas en esa zona, ya tenía esa luz dorada que me gusta a mí. Y como la cascada quedaba en sombra los colores quedaron muy saturados, con gran cantidad de matices. Eso sí, todo lleno de chiringuitos para guiris. Aunque había más tunecinos remojándose que turistas. Elegimos buenas fechas.

Paramos en un mirador para sacar la postal del pueblo abandonado de Tamerza. Menuda mierda… se había empezado a nublar. Con buena luz la foto habría quedado muy bien, pero con el cielo nublada, cagada al canto.

Después continuamos hacia las pistas de Airiguette y Oung Jemel, para hacer un poco el cabra con el 4×4. Pero sin pasarse, que nuestra pareja de jubilados ya tenía suficientes emociones fuertes con las pistas de piedra y tierra como para hacerles el Paris-Dakar. Nos detenemos para contemplar una vista de Chott El Gharsa, en la que conseguí los segundos de luz necesarios para hacer un par de fotos aceptables. Y después…


Mos Eisley (Tatooine)

Cruzamos un vortex interdimensional y llegamos a un remoto planeta situado en el borde exterior de una galaxia, muy, muy lejana. Entramos en los dominios de Jabba el Hut y el todopoderoso Sarlac. En el mar de dunas del Gran Erg Oriental se encuentra Mos Eisley, el puerto espacial más despiadado de la galaxia. Llegamos cuando el resto de turistas ya se estaban largando. Así que pude sacar fotos esperando tan sólo a que se apartaran los vigilantes del lugar, porque al parecer las legiones de fans se habían dedicado a profanar los restos de la ciudad santa en el pasado, arrancando trozos de decorado por doquier. De todas formas, el universo ya no es lo que era… ya no se encuentran alienígenas tocando jazz en la cantina.

Nos quedamos a ver la puesta de sol, el resto de guiris se habían ido. Porque no saben el gran secreto de todo buen fotógrafo postalero, las puestas de sol más impresionantes se consiguen cuando el cielo está bastante nublado. Tras las fotos de rigor busqué desesperadamente al todopoderoso Sarlac, para sacrificar a los guías y al resto del grupo, pero me temo que ya debía haber comido, porque no dio señales de vida.

Volvemos hacia Tozeur, haciendo una breve parada en Nefta, ya de noche, que era el pueblo del guía. A dormir, y mañana será otro día.

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