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19 Oct 2008

Domingo, 12-12-2008 - Bucarest - Madrid - Zaragoza

Tení­a buena parte de la mañana libre, ya que el autobús no pasaría a recogernos hasta las doce y media, y aunque no madrugué demasiado a las nueve y media ya estaba deambulando por Bucarest, intentando llegar, sin mapa, al palacio del Parlamento para hacerle fotos tranquilamente.

De camino llegué, con intención, pero prácticamente de casualidad, a la Corte Vieja fundada por Vlad III el empalador. Aunque está tan desecha que no le hice ni fotos, algún arco por aquí­, alguna columna por allá, unos restos de muros, toda la calle levantada porque acaban de encontrar más ruinas…

Seguí buscando el palacio del Parlamento, como no estaba muy seguro de cómo ir seguí la ruta del autobús cuando nos llevó el día anterior. El resultado fue que tardé una hora en llegar cuando podría haberlo hecho en veinte minutos, pero a cambio pude hacerle buenas fotos desde lejos, en la plaza Unirii. Riesgo de perderme no corrí­ ninguno, primero porque sólo consigo perderme a propósito y con mucho esfuerzo, y segundo porque habí­a una maratón en Bucarest que salía del palacio y terminaba unos metros pasado el hotel, en la misma calle. Cuestión de seguir a la gente que corre. Me sobró prácticamente una hora, así­ que me senté a pasar el rato al lado del hotel, viendo pasar a los corredores.

A la hora acordada llegó la guí­a, apurada porque no sabía que estaba cortada la calle por la maratón, y tuvimos que ir a un hotel cercano a la universidad para coger el autobús entre las protestas de algunos compañeros que aseguraban que podríamos haberlo cogido mucho más cerca. Fueron cinco minutos andando y dudo yo que supieran ellos mejor que la policí­a local, la guía, el chófer y la agencia cual era el mejor lugar para coger el autobús y que nos pudiera llevar al aeropuerto sin dar mil vueltas.

Facturado el equipaje y pasado el control de pasaportes yo tení­a todaví­a una cuenta pendiente y ciento cincuenta lei en la cartera. Abordé la tienda de vinos del aeropuerto y salí­ tan rápido como entré cuando me dijeron que no aceptaban lei y sólo cogían euros. Corriendo a malcambiar moneda y de vuelta a la tienda. Tení­an bastante variedad de especies autóctonas (y los precios alrededor de un treinta por ciento más altos que en la calle), así que me llevé seis botellas más. Conseguí un feteasca neagra seco, otro semiseco de reserva especial que me recomendaron, un feteasca alba seco, un grasa de cotnari botritizado, el Lacrima lui Ovidiu 5 y un cotnari reserva de veinte años, de 1987, de serie limitada a veinte mil botellas (y a pesar de ello razonablemente barato, veinte euros). Cargado como una mula fui a la puerta de embarque parando primero a recargar los pulmones de nicotina en un espacio para apestados.

Llegamos pronto a Madrid (cosa rara), pero tuvimos que esperar media hora hasta que salieron las maletas. De allí­ al coche, parando en Medinaceli para cenar un bocata de tortilla (tení­a mono ya) y con la lluvia como compañera de viaje. Al final llegamos a casa a eso de las once de la noche.

Y chispún.

19 Octubre, 2008 at 19:35 by Jorge Orte Tudela

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19 Oct 2008

Sábado, 11-12-2008 - Sinaia - Bucarest

Salimos hacia Bucarest, yo con la idea de que el viaje ya se habí­a acabado. Sin nada interesante que contar del camino, llegamos y visitamos el Museo de la Aldea, al estilo del de Bran, pero mucho más grande y con arquitectura rural tí­pica de todas las zonas de Rumaní­a, pudiendo entrar en algunas de las casas para ver el mobiliario interior. Lo cierto es que son muy interesantes estos museos, podrí­amos tener algunos en España. Lo suyo es ver cada cosa en su sitio, pero tenerlo todo junto te ayuda a ver mejor las diferencias. Las casi trescientas casas son originales y fueron transportadas en avión y vueltas a montar en 1936, juntas y con su mobiliario son una estupenda colección de etnografí­a que vale, y mucho, la pena ver.

Continuamos con la mitad de la “panorámica” (a la izquierda esto, a la derecha aquello) y los que pagamos la visita opcional fuimos a ver el palacio del Parlamento, obra de la demencia de Ceauçescu. Marmol por todas partes, una lámpara de siete mil bombillas, habitaciones inmensas, alfombras y cortinas de varias toneladas… pero yo lo habría hecho tres veces más grande, por lo menos. Puestos a hacer el burro se hace a conciencia. Como detalles interesantes, se considera que si se hubiera construído hoy en día habrí­a costado la friolera de once mil millones de euros. Sólo el consumo eléctrico mensual asciende a trescientos mil euros, que no llegan a cubrir las entradas de los turistas, y por eso tienen algunas salas con las luces apagadas, para ahorrar un poco en algo que mantienen como parte de su historia (aunque la mayorí­a lo odia por lo que representa). Aunque también se utiliza por las dos cámaras, el senado y el congreso, y para conferencias. En cifras:

- 270 x 240 metros de planta
- 86 metros de altura y 92 bajo tierra
- 5 niveles superiores y 7 subterráneos
- 350.000 metros cuadrados
- 2,55 millones de metros cúbicos
- 1.100 habitaciones
- 200 baños
- 200.000 metros cuadrados de alfombras
- 3.500 toneladas de cristal
- 200.000 bombillas
- 3.000 metros cuadrados de cuero
- 1 millón de metros cuadrados de mármol

A favor de Ceaçescu hay que decir que al menos toda la materia prima era rumana, hasta la guí­a reconocí­a aquello como algo bueno. Construyó su pequeño monstruo (dadme poder y sabréis lo que es un monstruo de verdad) junto con la amplia avenida que conduce a él (boulevard de la Unión) inspirado sobretodo en Corea del Norte, con la idea de crear una “ciudad administrativa”. Los rumanos tienen el consuelo de que se lo cargaron antes de verlo acabado. Pero no se olvidan de que se cargó buena parte del casco histórico de Bucarest para su construcción, desalojando a miles de personas de sus viviendas y destruyendo iglesias y sinagogas. En su paranoia hizo que se abrieran conductos de ventilación directa al exterior en todas las habitaciones, pues temí­a ser envenenado con gases (y con razón).

Continuamos con la panorámica, comimos en un Hard Rock Cafe (nunca habría esperado comer en un Hard Rock en un circuito turí­stico, pero menos aún habrí­a esperado que el menú fuera sopa y pescado) y finalmente nos dejó en el hotel, con el resto del tiempo libre. Yo me tiré un rato en la cama para descansar y despejarme de tantísimo autobús. Cuando me decidí a salir a la calle me junté con una pareja de menorquines que vení­an en el circuito, y dimos un paseo sin rumbo fijo por la calle Victoriei (donde estaba el hotel), la plaza Romana y el boulevard Magheru hasta la universidad. Decidimos volver al hotel, pero se me ocurrió llevarles primero al pasaje Macca-Vilacrosse y al Caru cu Bere, que les encantó. Acabé tomando con ellos y una pareja de madrileños que encontramos allí­, también del circuito, unas cervezas en Caru cu Bere. En el autobús habí­amos intentado reservar mesa para la cena con la ayuda de la guí­a, pero obviamente estaba completo, así­ que al menos pudimos tomar algo tranquilamente. Opté por la cerveza casera de marca propia, y tras un rato de charla volvimos al hotel para cenar y dormir.

19 Octubre, 2008 at 19:20 by Jorge Orte Tudela

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19 Oct 2008

Viernes, 10-12-2008 - Sinaia - Castillo de Peles - Castillo de Bran - Brasov - Sinaia

Después de desayunar eché un vistazo rápido a los alrededores del hotel, sin alejarme mucho, porque tampoco tení­a mucho tiempo. Me recordó mucho al balneario de Panticosa antes de que una panda de bárbaros analfabetos e incultos permitieran que otra panda de energúmenos de la misma calaña lo destrozaran para hacer un complejo para otro tipo de despojos humanos igual de detestables que tienen mucho dinero y no saben qué hacer con él (vamos, que se cargaron todo lo que en tierras más civilizadas habrí­a sido declarado monumento histórico para hacer un casino de mierda y hoteles para pijos). Y es que a fin de cuentas es de la misma época y destinado al mismo tipo personas por aquel entonces.

Sinaia empezó a ser poblada en el siglo XVIII, alrededor del monasterio del mismo nombre, pero no fue hasta finales del siglo XIX cuando fue considerada ciudad, cuando el rey Carol I construyó al lado el castillo de Peles como residencia de verano. Desde entonces fue un sitio de moda entre las clases altas y adineradas, y se construyeron hoteles y casinos desde 1871. El hotel Palace, en el que estuvimos alojados, fue fundado en 1911, y está situado al lado del casino, junto a pequeño parque. Hay que destacar que las pochocientas habitaciones que tiene están distribuídas en tan sólo dos plantas, y en cada planta todas ellas a uno u otro lado de un interminable pasillo (larguísimo, de verdad)  ideal para rodar películas de terror.

El autobús nos llevó en un corto trayecto hasta el castillo de Peles para visitarlo. En el camino del aparcamiento a la entrada habí­a varios carteles advirtiendo de que era zona de osos, se lo siguieron tomando a guasa. Desde lo que eran las casas de la servidumbre parte un camino con preciosas vistas del castillo y su entorno. Afortunadamente tuvimos muy buen tiempo, desafortunadamente esas vistas caí­an un poco a contraluz, realzando las calimas matutinas.


Castillo de Peles (Rumaní­a)

Yo me esperaba mucho menos del castillo, lo consideraba una visita menor, por aquello de que es bastante reciente, pero la verdad es que salí muy satisfecho. Es de estilo neorenacenti­sta (renacimiento alemán, más que nada), con algunas pinceladas románticas y barrocas. La ornamentación interior es casi toda de madera, de catorce tipos de maderas, con bajorrelieves, cristaler­as, pinturas, tapicerí­a, armas… Cuenta con habitaciones temáticas; vimos una árabe, con inspiración granadina, y una turca, e incluso tiene un pequeño cine-teatro. Como curiosidad, el castillo contó con luz eléctrica desde el primer momento. A la salida tuvimos un rato libre para pasear por los jardines y hacer fotos (por fin, fotos en condiciones, espero no haberla cagado), y vimos de lejos el chalet que se construyó Ceauçescu.


Castillo Bran (Rumaní­a)

Desde allí­ fuimos hasta Bran, para visitar el famoso castillo “de Drácula”. Por supuesto no tiene nada que ver con Drácula, tan sólo estuvo dos meses encerrado allí­ cuando fue capturado por Mateo Corvino, rey de Hungrí­a, en otoño de 1462. Es un castillo construí­do por los caballeros teutones en el siglo XIV para proteger el paso de Bran, entre Transilvania y Valaquia. Sin embargo, fue utilizado para varias adaptaciones al cine de Drácula, y unido al hecho de que su localización se parece a la descrita en la novela… pues ya tenemos reclamo turí­stico. Si uno se olvida de la tonterí­a en cuestión, puede disfrutar el castilo a gusto, si espera algo tétrico se va a llevar un chasco. Es una pequeña fortaleza, con las paredes pintadas de blanco y arboles floridos en el patio, con mobiliario antiguo pero acogedor en las habitaciones, pues fue residencia de la familia real rumana a mediados del siglo XX. Lo más “tétrico” que tiene es una estrecha escalera secreta que comunica el segundo con el tercer piso. Aunque, hagamos honor a la verdad, tiene una cruz bastante tenebrosa antes de llegar a la entrada, y cuando salimos vimos un murciélago durmiendo en el recoveco de una roca.

A la salida del castillo algunos vimos el museo de la aldea, al aire libre, consistente en casas típicas de la Transilvania rural. Viviendas, granjas, serrerí­as, molinos… El resto se fueron a comprar recuerdos. Desde el aparcamiento hasta la entrada del castillo hay muchos chiringuitos vendiendo recuerdos, prácticamente todos relacionados con Drácula, incluyendo vino “Drácula” y “Vampire”. Que pese a las estúpidas tentaciones conseguí­ no comprar. Lo que sí­ me llevé es una taza de Drácula, me hacía falta una para el trabajo, para tomarme las aspirinas esfervescentes cuando me duele el tarro, y no habí­a comprado aún ningún recuerdo (fue el primero y último, y mira que soy aficionado a las chorradillas estas…).


Brasov (Rumaní­a)

Seguimos hasta Brasov, primero comimos, después vimos la plaza del antiguo ayuntamiento, rodeada de tiendas y terrazas, y la basí­lica negra por fuera, ya que cerraba muy temprano. Es la más grande de estilo gótico en toda Rumaní­a, y recibe su nombre del ennegrecimiento de las paredes a causa de un incendio en 1689. A decir verdad no presté atención a las explicaciones, pero tampoco me llamó mucho la atención. Después tuvimos casi dos horas de tiempo libre para pasear por la zona. La diferencia con el resto de Rumanía es más que palpable, podrí­a pasar por una ciudad francesa con la cantidad de tiendas y cafeterí­as que tiene (de hecho, en este sentido y arquitectura aparte, me recordaba a Toulouse, entre la plaza del capitolio y la basí­lica de Saint-Sernin). Se nota que es una ciudad muy importante turí­sticamente, y que desde siempre Transilvania ha sido mucho más rica que Valaquia y Moldavia.

Lo primero que hice fue aprovechar que la guí­a nos habí­a dejado al lado de unos grandes almacenes -”Star”-, al estilo del “cortinglés”, para bajar al supermercado y comprar vinos. La mala suerte quiso que me entrara un apretón (umhh… como en Toulouse) y tuve que luchar contra él mientras decidí­a qué vinos me llevaba. La variedad vinos de especies autóctonas no era especialmente amplia, y la mayorí­a eran sospechosamente baratos (cosa que después descubrí­ que es normal). Me decidí­ por un tinto de feteasca neagra (que, con el apretón, no me dí­ cuenta de que era semiseco), dos Grasa de Cotnari bastante baratos pero que ya habí­a probado en restaurante, e hice la excepción a la regla comprando un riesling itálico que debo confesar que me sedujo por el nombre, “Terase Danubiane Riesling Cuveé d’Excellence”, y por el precio, bastante alto en comparación con el resto (unos 10 euros al cambio). Mientras hací­a fila en la caja se me pasó el apretón, pero como iba cargado de peso tampoco tení­a muchas ganas de andar demasiado, así­ que volví­ a la plaza del ayuntamiento viejo y me senté largo rato viendo pasar a la gente mientras hací­a tiempo hasta la hora de coger de nuevo el autobús.

Terminamos con Brasov haciendo una “panorámica” (léase típica visita desde el bus en plan japonés), parando para ver por fuera (habí­a misa), la iglesia de san Nicolás, del siglo XV y ampliada en el XVIII, con una interesante mezcla de estilos gótico, barroco y bizantino. También nos acercamos un momentí­n, con muchas insistencias de precaución por parte de la guí­a, a la ciudadela, de la que vimos un poco los muros, porque era ya de noche y nos advirtió que por esa zona bajan los osos y que el mes pasado habí­an matado a una persona. Muchos se lo siguieron tomando a cachondea, creyendo que les querí­a meter miedo.

Finalmente nos dió la “sorpresa” del viaje, “sorpresa” digo porque ya nos la habí­a chivado la guí­a del primer dí­a. Una cena folclórica cerca de Bran, en un restaurante para turistas situado en un alto, con coches propios y furgoneta para subir y bajar a los guiris. Comimos unos entrantes a base de un embutido negro que no supe identificar y algo de queso de untar sobre cebolla, y después cordero y pollo a la brasa, acompañados de vino tinto de la casa (semiseco). La comida no era gran cosa, pero era una variación en la tradicional dieta turí­stica “ensalada, sopa, repollo, cerdo, pescado rebozado y pollo”. La cena fue amenizada por bailes tradicionales rumanos, que desde mi ignorancia en tales materias describirí­a como “los hombres mueven las piernas muy deprisa dándose palmadas en las botas mientras las mujeres sueltan grititos extraños con voz forzada de personaje de dibujos animados”. A la bajada sólo quedaba disponible una furgoneta y no cabíamos todos, así­ que algunos bajamos por las escaleras, en noche cerrada, alumbrada por una bombillita cada tres metros, donde tuvimos una pequeña aventura con el mapa, una guí­a que no conocí­a el camino, un perro guardián acostumbrado a turistas borrachos y reno gruñón incluí­do.

De camino al hotel, por fin, dejaron de tomarse a guasa lo de los osos. Y es que en Sinaia, desde el autobús, al lado de una casa, vimos uno. Lo primero fue la emoción de ver al bichejo. Lo segundo fue darse cuenta de que estaba muy cerca del hotel, a unos tres o cuatro minutos andando. Ese día nadie hizo paseo nocturno, y el dí­a siguiente en la cena me tocó una pareja que estaba escandalizada de que no hicieran algo para evitar que los osos bajen a las ciudades (sí, claro, el 40% de los osos de Europa en esos montes y dejarán de acercarse poniéndoles una señal de prohibido el paso… urbaní­colas…).

19 Octubre, 2008 at 18:47 by Jorge Orte Tudela

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17 Oct 2008

Jueves, 9-12-2008 - Campulung Moldovenesc - Desfiladero de Bicaz - Lacul Rosu - Sighisoara - Sinaia

Con quinientos kilómetros por delante tuvimos que madrugar bastante, a las seis menos diez de la mañana ya me llamaron de recepción para que fuera despertándome y bajara a desayunar.

Haciendo una parada técnica en Piatra Neamt para vaciar los depósitos llegamos al desfiladero de Bicaz, entrada de una de las rutas que cruzan los Cárpatos de este a oeste, comunicando Valaquia con Transilvania. A priori me recordó bastante la garganta del Infierno de los Pirineos, y el paisaje es tambien similar, si bien los abetos son bastante más altos por esta zona, yo dirí­a que alcanzaban los veinte metros. Pero la garganta del Infierno tiene la carretera más estrechita y tramos en los que la caí­da es mayor. El resto de la vegetación la típica de la alta montaña europea, hayas teñidas de amarillo, rojo y naranja y, esto sí­ que no se ve en los Pirineos -de clima más seco- helechos a ras de suelo. En general los Cárpatos gustaron más que los paisajes Moldavos, a mí­ gustarme me gustaron mucho, pero como ya me conozco bien el Pirineo no me causó tanta impresión.

Haciendo una breví­sima parada para sacar fotos del desfiladero continuamos hasta el lago Rojo (lacul Rosu), creado en el siglo XIX, y que recibió su nombre por el color de las aguas saturadas de arcilla en aquella época. A su alrededor hay varias cafeterí­as y chiringuitos de comida y recuerdos a tutiplén. Así­ que aprovechamos para estirar un poco las piernas en plena naturaleza, y algunos para seguir llenando la maleta de zarrios. Bromeando, un compañero de viaje preguntó si no habí­a lobos por la zona, nuestra guía respondió que sí­ pero que no bajaban allí­, y que sin embargo lo que sí­ que hay en Brasov y en Sinaia son osos que bajan a la ciudad. Como eran una panda de urbaní­colas se lo tomaron a guasa, al menos aquel dí­a…

A Sighisoara llegamos con bastante retraso, y nuestra guí­a hizo una llamada al museo de las armas, tortura y la torre del reloj para que nos esperaran antes de cerrar, así­ que lo visitamos deprisa y corriendo y acabamos comiendo casi a las cinco de la tarde. De Sighisoara me quedo con la torre del reloj, tiene un aire muy centroeuropeo, quizá entre alemán y checo, lo cual es lo más normal del mundo teniendo en cuenta que la ciudad, fundada por los romanos, fue posteriormente habitada por sajones y húngaros, etnias que todaví­a la pueblan en la actualidad. La ciudad fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, sus murallas superiores datan del siglo XIII, y las inferiores del XIV-XV. Su centro histórico está plagado de casas declaradas monumento nacional y sin embargo… me decepcionó. Las casas no parecen antiguas, parecen casas de pueblo, de principios del siglo XX (de hecho muchas son del XIX), y habitadas todavía. Son muy sencillotas, la mayorí­a con fachadas lisas y pintadas de un sólo color, no dan la apariencia de monumento, ni tan siquiera el conjunto llega a darlo.

Después del museo, la comida y el paseo guiado tuvimos bastante tiempo libre. Hubo quienes subieron la larga escalinata hasta la ciudad alta, yo llegué al pie de la misma, miré escaleras arriba y decidí que con el estómago lleno no subí­a yo aquello ni aunque me encañonaran con una pistola. Así que me acerqué a las murallas inferiores, paseé entre la multitud de tiendas de recuerdos y visité “La bodega de Teo”, donde me dieron a probar un palinka bastante bueno. Tras la primera sensación de que estás bebiendo alcohol de quemar se notaba un regustillo afrutado. También entré en la casa de Vlad II Dracul, padre de Vlad III Draculea (Vlad Tepes), donde se supone que nació el voivoda empalador, actualmente convertida en restaurante y con el interior totalmente reformado. El exterior tiene un aire de pelí­cula expresionista alemana, vamos, que le pega al tierno infante que quizá naciera allí si pensamos en el Nosferatu de Murnau.

Finalmente retomamos la carretera camino a Sinaia. Estaba previsto dormir en Predeal, que es una estación de esquí­, pero finalmente tení­amos habitaciones en Sinaia. De camino pasamos por Brasov, ya de noche, y los neones levantaron cierta espectación entre aquellos que no habí­an disfrutado de las ciudades valacas, más pobres, ni del ambiente rural y los monasterios de Bucovina. La verdad es que muchos de los compañeros de viaje no tenían ni idea de donde se habí­an metido y quedaron bastante decepcionados con el viaje en general, se cansaban de tanto monasterio y paisaje, pero no se cansaban de tiendas. “Hay gente pa to”, le dijo el torero al filósofo.

A Sinaia llegamos ya bastante tarde, y como yo sí­ que he pasado tiempo más que suficiente en zonas montañosas para saber lo que se dice en broma y lo que no, prescindí­ del paseo nocturno, por si los osos…

17 Octubre, 2008 at 23:03 by Jorge Orte Tudela

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16 Oct 2008

Miércoles, 8-12-2008 - Campulung Moldovenesc - Monasterios de Voronet, Humor, Sucevita y Moldovita - Campulung Moldovenesc

Tuve la oportunidad de volver a disfrutar detenidamente de buena parte del paisaje descrito, ya que pasamos tres veces por la carretera en obras aquella, con la novedad de que además de nublado el día se presentó con nieblas y nubes bajas que se agarraban a los árboles. Perfecto ambiente gótico-romántico, la única pega es que aquello era la región de Bucovina en Moldavia en lugar de Transilvania, pero aceptamos barco porque en la novela de Bram Stoker el castillo no cae demasiado lejos, hacia el sur de la zona.

Tocaba visitar los “famosos” monasterio de Bucovina, buena parte de ellos declarados Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, con sus paredes exteriores e interiores decoradas por frescos de vivos colores. Describirlos en detalle uno por uno sería un plomazo, ya que todos tienen el mismo estilo arquitectónico, de la escuela fundada por Esteban el Grande, con pequeñas alteraciones fruto de la evolución en el tiempo. La idea era visitar los cuatro en orden cronológico para apreciar como los elementos que aparecen en uno de ellos se mantienen en los siguientes.

Todos ellos mantienen el estilo moldavo, una iglesia con planta dotada de pre-nave, nave y altar, en forma de cruz lobulada y bóveda de cañón, más alta y larga que ancha, tejado con formas esféricas en los extremos de la cruz y un muro defensivo con las celdas de los monjes y torre-campanario rodeándola.

El de Voronet (s. XV) tiene como gran atractivo una pintura del juicio final que ocupa uno de los muros exteriores por completo, considerada la “capilla sixtina de Rumanía”. Arriba del todo está representada la ventana del cielo, y justo debajo Jesús entronado, de cuyos pies sale una lengua de fuego hasta la parte inferior de la escena, donde se halla el diablo. A mano derecha de Jesús hay representados cristianos, y a mano izquierda otomanos. En la parte inferior izquierda (mano derecha de Jesús) está representado el paraíso, y en la inferior derecha arcángeles resucitando muertos en sus tumbas, una representación femenina de la tierra y otra del mar, junto con el Kraken y Leviathan escupiendo los cadáveres ingeridos para que puedan resucitar también. Francamente impresionante. En las pinturas exteriores en general predomina el color azul, un color azul intenso llamado “azul de Voronet” por ser un color único. Común a todos los monasterios es la pintura del árbol de Jessé. Las características propias del monasterio de Voronet son la entrada lateral a la altura del suelo y la torre cilíndrica.

A la salida tuvimos tiempo libre para hacer compras en el mercadillo. A mí no me sedujo nada, tan sólo examiné un libro del monasterio, pero las fotografías eran malísimas y las reproducciones aún peores.

El monasterio de Humor (s. XVI) no tiene las pinturas tan bien conservadas, y carece de torre integrada en la iglesia, si bien se construyó una anexa. Además la entrada ya no se encuentra en un lateral, sino al pie de la cruz, contando con un nuevo elemento arquitectónico, el nártex, en cuyo interior también está representado el juicio final, muy similar al de Voronet, pero con la ausencia de la ventana del cielo. Las pinturas muestran algunos temas repetidos en todos los monasterios. Al igual que el de Voronet y el resto de monasterios las pinturas de la fachada norte están prácticamente borradas debido a la mayor exposición a las inclemencias metereológicas. Los colores predominantes en humor son el verde y el rojo.

De nuevo tuvimos algo de tiempo libre para comprar recuerdos en los chiringuitos que había en el aparcamiento. Después fuimos a comer de nuevo a Gura Humorului, a otro restaurante que tenía camareras igual de guapas que el del día anterior. Allí probé un merlot rosado que no estaba mal, y es una toda una curiosidad. Con la tripa llena continuamos la ruta.

Por la tarde empezaron a abrirse algunos claros, y creo recordar que hasta pude aprovechar alguno de ellos para alguna de las fotos, pero en general el sol seguía oculto tras alguna nube puñetera empeñada en fastidiarme

En Sucevita (s. XVI) vuelve a aparecer la torre, pero esta vez de forma octogonal, se accede al interior a traves de dos nártex laterales a los que se les han añadido escalinatas. El color que predomina en esta ocasión es el dorado.

Finalmente visitamos Moldovita (s. XVI), situado a unos treinta kilómetros en línea recta de la frontera con Ucrania. Su muro exterior se muestra más alto y sólido, y las torres defensivas más imponentes. La entrada se realiza a través de un nártex, también en la base de la cruz, y cuenta también con una torre octogonal. Vuelve a dominar el azul de Voronet en las pinturas.

Los monasterios de Bucovina son, sin duda, el plato fuerte del viaje, si bien a algunos compañeros les resultaron repetitivos y cansinos. Yo no me cansé de admirarlos, las pinturas son magníficas, la localización preciosa, y alternándolos con los paisajes de la zona forman un conjunto majestuoso.

En los tres monasterios que cuentan con torre se utilizó el mismo sistema para sostenerla. Cuartro arcos de medio punto con cuatro pechinas descansan sobre otros tantos ligeramente más grandes, y éstos a su vez sobre otros cuatro más que reposan sobre cuatro pilares reforzados por contrafuertes en la pared exterior.

Finalmente volvimos al hotel, con la perspectiva de que el día siguiente iba a ser largo y cansado, pues nos esperaban quinientos kilómetros de ruta hacia Transilvania. Antes de dormir aún me dio tiempo de acercarme a un supermercado para investigar los vinos que tenían a la venta. Compré sólo uno, Lacrima lui Ovidiu 12, un vino dulce licoroso y reforzado, criado en barrica de roble durante doce años. Hice bien en comprarlo allí, porque los días siguientes sólo vi el de cinco años de crianza (del cual acabé comprando una botella igualmente). Aún no lo he probado.

16 Octubre, 2008 at 23:48 by Jorge Orte Tudela

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14 Oct 2008

Martes, 7-12-2008 - Piatra Neamt - Monasterios de Agapia, Varatec y Neamt - Suceava - Campulung Moldovenesc

El mal tiempo no dejó de perseguirnos todavía. La ruta del martes parecía cortita, pero es que había tiempo pensado para una excursión opcional que casi todos hicimos. El día empezó con la visita del monasterio de Agapia, existente desde el siglo XV, pero radicalmente reformado en el XIX, y habitado por monjas. El conjunto resultaba bonito, un monasterio de paredes blancas rodeado por una especie de muralla-edificio con las celdas de las monjas y muchas macetas con flores en las ventanas. Tuvo gran éxito entre las señoras, pero la verdad es que artística e históricamente tiene más bien poco valor, el iconostasio del altar con pinturas de Nicolae Grigorescu es lo que vale la pen , junto a otras del mismo pintor que se exponen en el museo son el plato fuerte del lugar. También es interesante el taller de confección de alfombras donde las monjas trabajan a velocidades asombrosas, de forma totalmente artesanal.

Continuamos hacia el cercano monasterio de Varatec, éste construído en el siglo XVIII, con la iglesia principal de la Asunción de Nuestra Señora del XIX y también habitado por monjas. A mi parecer un poco más de lo mismo, un monasterio modernete, con un iconostasio diferente, otro museo chiquitín, y poca cosa más. Insisto, el conjunto es bonito, pero individualmente cada elemento no es gran cosa. A la salida nos abrieron un pequeño puestecito en el que venden miel de varios tipos y una especie de panecillos dulces trenzados con forma de aro, que apañaron muy bien las largas horas hasta la comida.

A partir de ahí empezó la excursión opcional, el monasterio de Neamt, la ciudadela de Suceava y el monasterio de san Juan el Nuevo también en Suceava.

Personalmente el monasterio de Neamt me pareció muchísimo más interesante que los otros dos. Es un ejemplo de arquitectura moldava en su apogeo, con abundancia de elementos góticos. Una joya del siglo XV. A buena parte de mis compañeros de viaje les gustó menos que los anteriores por aquello de que las pinturas, interiores, estaban bastantes sucias por el humo de las velas que han ardido allí a través de los siglos. El museo me pareció especialmente interesante, destacando el iconostasio de la antigua iglesia de la fortaleza de Neamt, con la huída a Egipto de Nicolae Grigorescu, una biblia -libraco tremendo- regalada por Catalina de la Grande, y prensas del siglo XIX con cajas de tipos, así como libros impresos en el propio monasterio. Desde su fundación tuvo una enorme tradición de amanuenses y copistas, y a partir de principios del siglo XIX de imprenta. Tradición que se ha mantenido, puesto que había expuestas fotografías de la imprenta “moderna” con off-set, cámaras de reproducción y tipografía móvil. La biblioteca del monasterio (que no visitamos) cuenta con la friolera de once mil ejemplares. Obviamente aquello me hizo tilín, y es que prefiero a unos monjes dedicados a la edición de libros que a unas monjas dedicadas a tejer alfombras y hacer bollos. Lo ideal, por supuesto, serían unos monjes dedicados a la edición de libros y bollos. Y ya de paso a la elaboración de cervezas y licores, cabe añadir.

La visita al museo nos la fue explicando en rumano, con traducción simultánea de nuestra guía, un monje del monasterio. Lo menciono porque es un personaje que se me quedó grabado en la memoria, tremendamente carismático a pesar de no entender una palabra de lo que decía. Tendría entre sesenta y setenta años, o tal vez algo menos, es difícil de saber. Su pelo es muy canoso, casi blanco, cejas, bigote y barbas muy pobladas y melena corta, y sus rasgos muy duros y marcados: arrugas, no de anciano, sino de soportar el frío y el viento, pómulos prominentes, mandíbula fuerte y angulosa, nariz aguileña y unos penetrantes ojos azules. Se le veía fuerte, no cachas, pero sí fuerte, y de estatura media. Es una de esas personas que tienen presencia, y más vestido con los hábitos negros. Daba la impresión de que si se me hubiera escapado alguna blasfemia habría sacado una espada de debajo del hábito con intenciones poco diplomáticas. Y sin embargo su expresión era jovial, alegre y amable, en todo momento lucía una medio sonrisa, pero por encima de todo era su mirada, que transmitía una serenidad y tranquilidad interior tremendas. Presencia, respeto, serenidad y alegría todo a un tiempo. Me pregunto si no sería un jedi camuflado…

Continuamos hasta Suceava, donde visitamos la ciudadela medieval (s. XIV) en ruinas y parcialmente reconstruida según los planos. Decepcionante para muchos, preciosa para mí. Yo es que soy raro y me gustan las piedras… las ruinas me encantan por lo mucho que permiten imaginar. Desde sus muros de diez metros de altura y dos de espesor, rodeados por un foso, gobernaron los primeros regentes moldavos, y finalmente fue desmantelada en el siglo XVII para contentar a los otomanos.

También en Suceava vimos el monasterio de san Juan el Nuevo (sf. Ioan cel Nou), del siglo XVI y declarado por la UNESCO Patrimonio de la Humanidad, cuya basílica de san Jorge (sf. Gheorghe) está decorada con frescos exteriores de los cuales quedan apenas unos restos en la fachada norte y algunos más pero bastante deteriorados en la fachada sur. El estilo arquitectónico es típico moldavo con un tejado decorado con mosaicos, y los frescos interiores son un buen aperitivo de lo que nos esperaría al día siguiente. Como atractivo religioso contiene reliquias de san Juan el Nuevo.

Al salir de Suceava nos encontramos con que la carretera estaba cortada por obras, y el conductor tuvo que buscarse la vida y dar un rodeo por un camino alternativo. El resultado fue que llegamos a comer a las cinco y pico de la tarde a Gura Humorului, en cuyo restaurante pude empezar a apreciar la belleza de las moldavas, y algo de la gastronomía local que hasta entonces se había limitado una sopa de verduras típica rumana. A saber, la sopa de turno y sarmale, unos rollitos de carne de cerdo especiada mezclada con arroz y envuelta en hojas de col, muy ricos, acompañados de marmaliga, una especie de polenta de maíz, típica de la cocina campesina y que no me gustó nada. Allí probé también media copita, de la botella que había pedido mi compañero de mesa, de Grasa de Cotnari, un vino semidulce único de Moldavia, a base de la uva que le da nombre y de vendimia tardía, que se conoce desde el siglo XV. Está bien, pero no es un gran vino (tampoco es caro).

Las moldavas, que tanto me gustaron, tienen rasgos más eslavos que latinos, si bien abundan mucho las morenas de pelo (para mí las más guapas). Piel clarita y muy fina, pelo lacio, grandes ojos azules, rasgos amables y redondeados pero no rechonchos y labios rosados y carnosos. Vamos, mi tipo. Contrastan muchísimo con los campesinos moldavos, de rasgos más duros y curtidos que en el sur, como el monje aquel del monasterio de Neamt.

Y después de comer empezó el show. Treinta kilómetros en dos horas y pico. Una carretera de doble dirección, sin raya en medio, con un tráfico del horror, incluyendo carros tirados por caballos, con tramos en obras cada cuatro o cinco kilómetros y un accidente de tráfico precisamente en uno de esos tramos. Vamos, que llegamos a Campulung Moldovenesc a las nueve de la noche. Allí nos recibieron en el hotel con un licorcillo suave de frutas del bosque. Después de la cena algunos fuimos a una cervecería que hay al cruzar la calle, donde tomamos una copa amenizada por el repertorio de chistes sobre gitanos de uno de nuestros compañeros.
El paisaje moldavo es, aunque hubo gran discrepancia de opiniones a este respecto, mucho más bonito que el valaco. A lo largo de las carreteras se suceden pequeñas localidades de casas familiares, cada una con su terrenito, sea jardín o huerto, y la mayoría con su propio pozo para extraer el agua, un cobertizo y un almiar. Algunas casas tienen agua corriente, pero las que no tienen el pozo cuidadísimo, y cubierto para evitar que caiga cualquier tipo de basura que pudiera contaminar el agua. Entre población y población se extienden las huertas, pastos y pequeñísimos campos de maíz. La economía agrícola rumana es en buena parte minifundista, y el cooperativismo no ha prosperado después tanto tiempo en que fue forzoso durante el comunismo.

De modo que la “postal” moldava son pequeñas casitas, franjas verdes salteadas con pequeños rectángulos de maíz, colinas de pastos con árboles teñidos de colores otoñales y un carro tirado por un caballo, cargado de paja, conducido por un campesino con el gorro típico de la región, que se descubre y se santigua al pasar delante de una iglesia. Tremendamente bucólico, una zona a la que el siglo XX tiene el paso prohibido, en lo bueno y en lo malo: porque cuando te están entrando las ganas de dejarlo todo y mudarte te enteras de que las cosechas las compran las mafias gitanas al precio que ellos marcan, so pena de que te las roben y te den una paliza, o algo mucho peor, si te niegas.

14 Octubre, 2008 at 23:21 by Jorge Orte Tudela

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14 Oct 2008

Lunes, 6-12-2008 - Bucarest - Bacau - Piatra Neamt

De este día poco se puede contar. Madrugamos y nos dimos una paliza de viaje. Antes de salir se abrían algunos claros en Bucarest, pero nos llevamos el mal tiempo con nosotros el resto del trayecto. Paramos a comer en Bacau, visitando una iglesia de pacotilla del siglo XVIII. Había un error en el programa del folleto, pese a que algún que otro compañero no se lo creyó, y que era evidente. Es una ciudad industrial con nulo atractivo turístico (y en el folleto tampoco decía que las hipotéticas visitas estuvieran incluídas, sólo mencionaba lo que había en la ciudad), y con un trayecto como el que teníamos por delante era imposible que nos detuviéramos a ver dos iglesias sin interés y nos desviáramos veinte kilómetros para ver otro monasterio mediocre.

Llegamos a Piatra Neamt alrededor de las siete y media de la tarde, con tiempo más que suficiente para que uno de los turistas montara el espectáculo, con bastante poca educación, quejándose de la “alteración en el programa” (si hubiera leído mi entrada sobre los viajes organizados…). Dio tiempo también de estirar las piernas y visitar la iglesia de san Juan (s. XV), de estilo moldavo-bizantino con algunos toques góticos. Más interesante era la torre campanario adyacente. A pesar de estar al lado, pero al lado, del hotel, di un paseo de narices para encontrarla. No supe situarme en el mapa de la oficina de turismo (también al lado), y como está en un alto y me la tapaban los árboles no la vi hasta que decidí volver al hotel resignado.

Las inmediaciones del hotel tenían una cantidad de comercios tremenda, ropa, electrónica, electrodomésticos, centros comerciales, telefonía móvil… Se notaba a la legua que Moldavia es una zona más rica que Valaquia. No es que Bucarest no tenga, es que siendo una ciudad mucho más pequeña estaba plagada. Los rasgos de la gente también son distintos, en Bucarest no se distinguen en nada de un español, tienen los rasgos muy parecidos, mucho más latinos, pero en Piatra Neamt se veía más pelo rubio y rasgos más mezclados con los eslavos.

El hotel tenía su guasa, la moqueta, la colcha y las cortinas eran de color rojo, y tenía un club de striptease en la última planta, anunciado con unos cartelitos en el ascensor (uno de los dos se halla en mi poder como recuerdo). Desde mi habitación tenía una buena vista de un monte totalmente aislado entre los edificios, hice una foto con el ojo de pez que me prestó el maestro en los cinco minutos de sol que pudimos gozar aquel día. Al recibirnos nos ofrecieron un pan trenzado, también en forma de aro, y sal. Es muestra de hospitalidad por lo visto, y cada persona tiene que arrancar un cachito de pan, untarlo en la sal y comérselo.

Al menos el largo trayecto me permitió empezar a ver como evoluciona el paisaje desde Valaquia hasta Moldavia. La parte de Valaquia que recorrimos es una llanura inmensa, con grandes extensiones de cultivos, creo que cereales, viñedos y sondas petrolíferas. Conforme nos íbamos acercando a Moldavia se veía un terreno más accidentado y mucho más verde.

14 Octubre, 2008 at 20:43 by Jorge Orte Tudela

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14 Oct 2008

Domingo, 5-12-2008 - Zaragoza - Madrid - Bucarest

Lo que se podrí­a haber convertido en un dí­a de traslado terminó siendo un dí­a razonablemente bien aprovechado. Gracias al infame madrugón de estar en la carretera a las cuatro y media de la mañana pudimos dar un pequeño paseo guiado por Bucarest después de acomodarnos en el hotel.

Llegamos al aeropuerto internacional Otopeni saliento de una masa de nubes. Una lluvia moderada, llovizna a ratos, nos recibió y nos acompañó durante casi toda la tarde. La guí­a del traslado del aeropuerto al hotel, que no era la misma del circuito, nos llevó a cambiar dinero y por el camino nos fue contando algo sobre los edificios por los que pasábamos, de menor importancia, y nos llevó a visitar el pasaje Macca-Vilacrosse, diseñado en 1891 por un arquitecto catalán -Xavier Vilacrosse- de ambiente cien por cien parisino. Desde allí­ nos llevó a ver la cervecerí­a Caru cu Bere (Carro con Cerveza), construí­da en 1879 en estilo neogótico y lugar de reunión de los intelectuales de la época. Con una cerveza casera de agárrate y no te menees es, posiblemente, lo más bonito de Bucarest. Nervaduras góticas, vidrieras y madera tallada por doquier, ambientado por música en vivo (un trí­o de jazz cuando llegamos) y con un plazo de espera de dos semanas para reservar mesa. Como no pude hacer fotos con tan poca luz dejo el enlace a la web, porque vale la pena echar un vistazo a las fotos: http://www.carucubere.ro/en/foto.

Antes de la cena me junté con una pareja de riojanos para dar un paseo por la calea Victorei, en la que estaba nuestro hotel, la más antigua y monumental de Bucarest, hasta el Ateneo, de estilo neoclásico y con un interior muy bonito que tuvimos que entrever desde las puertas cerradas. Después de aquello volvimos para cenar y descansar, buscando antes una tienda abierta donde comprar botellas de agua, flipando ya de paso con la cantidad de cables que atraviesan las calles de poste a poste, con bobinas enteras colgando. Nos acompañó todo el camino uno de los numerosos perros callejeros que vagabundean por Bucarest, y tal como pudimos comprobar por todo el paí­s en general.

14 Octubre, 2008 at 20:29 by Jorge Orte Tudela

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14 Oct 2008

De vuelta

El domingo a eso de las once de la noche volví­a a pisar Zaragoza tras mis vacaciones en Rumanía. Cansado y agotado de interminables horas de carretera no he tenido ganas de escribir hasta hoy al salir del trabajo, suerte que el lunes era festivo en mañolandia.

He vuelto muy contento, me ha gustado el paí­s. Los paisajes otoñales son preciosos, especialmente en el norte, en Moldavia, y en los Cárpatos, aunque estos últimos no me han impresionado tanto por estar ya acostumbrado al Pirineo. Los monumentos también son muy bonitos, aunque evidentemente no se pueden comparar en su mayor parte a los de España o Francia, ni en calidad ni en cantidad, pero Rumaní­a esconde pequeñas joyas todavía poco explotadas. Ése ha sido quiza uno de los aspectos más positivos del viaje, la poca explotación turística. Haberla hayla, pero a pequeña escala; por ejemplo en el casco histórico y el centro de Bucarest no vi ni una sóla tienda de recuerdos, ni una. Tampoco en Brasov, allí­ habí­a tiendas de regalos, pero no del tipo “para guiris”. Únicamente las había en Sighisoara, algunos tenderetes en las entradas de los monasterios de Bucovina (y tampoco una exageración), y muchos, eso sí­, a las puertas del castillo de Bran, supuesto y falso castillo de Drácula.

Lo que más me ha gustado del viaje es la zona de Moldavia, y en particular Bucovina, con sus monasterios pintados y sus paisajes rurales. Además tuve la suerte y la desgracia de visitarlo con el cielo cubierto, nieblas y nubes agarradas a los árboles; suerte porque el ambiente parece sacado de una novela gótica del siglo XIX, desgracia porque hacer buenas fotos en esas condiciones es dificilí­simo, y más con pelí­cula de baja sensibilidad y sin trí­pode. Hice nueve rollos y medio de veinticuatro exposiciones de Kodachrome, y apenas una docena de fotos con T-Max 100, pero la inmensa mayoría no van a ser lo bastante buenas como para pasar del mero recuerdo, ya veremos cuantas vale la pena digitalizar para colgarlas en internet (si saco media docena ya me doy con un canto en los dientes). Y qué decir de las mujeres de la Moldavia rumana, preciosas. El castillo de Peles fue también una visita muy bonita, y del todo inesperada, me esperaba otra cosa y resultó ser una maravilla.

Fue interesante también constatar las diferencias entre las tres grandes zonas de Rumanía; Valaquia, la más pobre e industrial, Moldavia, más rural pero algo más rica, y Transilvania, donde la influencia sajona y húngara en la Edad Media, su posterior pertenencia al Imperio Austrohúngaro y el turismo de gente de dinero han dejado una marcada huella en la economía, mucho más fuerte que en el resto del país.

Lo más feo son las ciudades, pero eso ya me lo esperaba, Bucarest tiene sus pequeños rincones, pero es una ciudad fea en su mayor parte, con algunos edificios bonitos pero hechos polvo. Ese es el problema, que los edificios están muy sucios, descuidados y algunos se caen a pedazos. Pero hay que decir que las calles están limpias y no se ven papeles tirados ni basura acumulada, al menos en el centro, de los barrios no puedo hablar. El resto son ciudades más o menos modernas, industriales.

El aspecto más negativo es la paliza de autobús. Todas las carreteras principales son de dos carriles, con mucho tráfico, incluídos carros tirados por caballos. Se recorren ciento veinte kilómetros en dos horas y media, y en Bucovina tuvimos que pasar cuatro veces por un tramo de carretera con treinta kilómetros en obras, esos treinta kilómetros nos costaban hora y media. Así­, los mil seiscientos kilómetros de recorrido total cundieron como cuatro mil.

Vinos apenas probé, el frí­o de los primeros días me dejó el estómago un poco pachucho y no me atrevía a beber en las comidas. Y tampoco me gusta beber vino con comida de batalla, en copa pequeña, caliente y con cierta prisa por continuar el circuito. Pero me he traído once botellas, estaban muy baratos para nuestro nivel de vida. Mi mayor sorpresa ha sido la cantidad de vinos tintos semisecos que hacen, y más caros que los secos. Aunque había buscado algo de información con anterioridad no había leído nada al respecto, se trata de vinos tintos de vendimias tardías, probé un poco en una cena y no me gustó, pero era el vino de la casa, así que no hice prejuicios y me he traí­do dos botellas con buen aspecto para catarlos en casa en condiciones.

En resumen, un viaje muy bonito a un paí­s ampliamente infravalorado. Todo el mundo me miraba, y me mira, con cara rara al saber que he ido a Rumanía para hacer turismo. Ellos se lo pierden.

14 Octubre, 2008 at 20:13 by Jorge Orte Tudela

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4 Oct 2008

Me piro, vampiro

Mañana salgo por fin a Rumaní­a, tras un estratégico y cuidadosamente planificado tira y afloja con la jefa y tres semanas esquivando virus y gérmenes, finalmente he conseguido esa semana de vacaciones en los Cárpatos Orientales.

Mañana me tengo que levantar a las 4 de la noche para llegar a Barajas a eso de las 8 y tener tiempo para facturar, esperar, ser tratado como un terrorista en potencia y seguir esperando hasta las 10:15, si Iberia quiere…

Esta vez voy a ir fotográficamente ligerito, no me apetece cargar con la Hassel ni con el trí­pode, así que me llevaré la Nikon F y la F2, la primera para llevar cargados rollos de blanco y negro y la otra para diapo. Objetivos me llevaré una selección clásica y razonable, un 28, un 50 y un 105 mm para cubrir casi todas las situaciones, y un 16 mm que me ha prestado el maestro porque por las fotos que he estado viendo me va a venir estupendamente. 12 rollos de Kodachrome 64 y 3 de Provia 100F para el color y 3 de T-Max 100 que tenía perdidos por la nevera para el blanco y negro. Filtro amarillo, naranja y rojo y unas previsiones metereológicas más bien poco afortunadas al menos hasta el martes. Pero bueno, Transilvania entre nieblas tiene su intríngulis.

La ruta programada es:

Domingo: Zaragoza - Madrid - Bucarest
Lunes: Bucarest - Bacau - Piatra Neamt
Martes: Piatra Neamt - Monasterios de Agapia y Varatec - Campulung Moldovenesc
Miércoles: Campulung Moldovenesc - Monasterios de Moldovita, Sucevita, Humor y Voronet - Campulung Moldovenesc
Jueves: Campulung Moldovenesc - Desfiladero de Bicaz - Lacul Rosu - Sighisoara - Predeal
Viernes: Predeal - Castillo de Peles - Castillo Bran - Brasov - Predeal
Sábado: Predeal - Bucarest
Domingo: Bucarest - Madrid - Zaragoza

Y ya contaré algo cuando vuelva.

4 Octubre, 2008 at 12:15 by Jorge Orte Tudela

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