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Hoy tocaba la segunda visita a la Expo, bajo un sol de justicia que ha hecho que nos retiremos un poco antes de lo previsto.
Como en la visita anterior decidimos no hacer colas, en esta nos ha tocado chuparnos alguna que otra. Si no recuerdo mal he visto los pabellones de: Japón, La Rioja, pabellón puente, África Subsahariana, Afghanistán, Comunidad del Caribe, Malasia, Corea, Aragón, Malta, Chipre, Indonesia, Filipinas, Dinamarca, Grecia, Nigeria y Angola. He querido entrar al de Andalucía, pero había bastante cola y sólo entraban unos poquitos cada vez, hemos calculado que habría que esperar más tiempo aún que para el de Japón y nos hemos ido.
De momento, en mi opinión, el pabellón kazajo sigue siendo el mejor, pero de los que he visto hoy me han gustado especialmente:
- Aragón: La exposición en sí es una chorradilla, mucha foto y poca chicha, la tienda está muy bien, aunque obviamente no voy a comprar más caro lo que puedo comprar todos los días. Lo que hace que este pabellón sea el que más me ha gustado hoy es el cortometraje de Saura, realmente bueno. Una sucesión de imágenes, cinematográficas y estáticas de las tierras de Aragón, aderezadas con música, y para finalizar Miguel Ángel Berna y su fusión de la jota aragonesa con el ballet. Impresionante, y siendo como soy, aragonés con denominación de origen, he tenido que reprimir alguna lagrimilla que se me quería escapar. Además del corto se proyectan imágenes en el suelo, y hay expuestas varias obras de “arte” de mano del comisario de la exposición, Miguel Marcos (viejo conocido en mi empresa, tuve ocasión de ver lo que iba a traer meses antes de la inauguración).
- Japón: Al principio accedes a una sala de proyección con tres pantallas, una al frente y dos a los lados, en la que se emite un cortometraje de animación en el cual un kappa, ser mitológico del agua, cruel y sanguinario en la tradición pese a la simpática y ñoña apariencia del personaje del corto, explica lo ecológica que era la Edo (Tokyo) de los siglos XVIII y XIX, reclicaje de residuos, uso civilizado del agua y ese tipo de cosas, fundiéndose poco a poco en un ciclo del agua en las estaciones japonesas. No está mal, pero lo más interesante es que al final la pantalla se abre en dos y revela una cascada artificial. El efecto es bastante espectacular, especialmente porque no te lo esperas en absoluto. Desde allí se accede la exposición, que, como es habitual en la Expo, es una chuminada, pero te dan un insñipido té fresquito aromatizado con naranjas de Valencia (pero insípido, y soy un gran amante del té).
- El pabellón puente: Destaca la arquitectura, de mano de la iraní Zaha Hadid. La exposición es otra bobadica, pantallas emitiendo imágenes por todas partes, pero en conjunto con la arquitectura moderna del pabellón hace un efecto muy futurista, casi de película de ciencia-ficción.
- Comunidad del Caribe: Han tratado de recrear el clima mediante humidifacores, aunque dada la alta concentración de cloro del agua que han usado (que se huele desde fuera) el resultado es más parecido al de una piscina cubierta. En la sala principal se ha recreado una calle caribeña con edificios coloniales, siendo, creo yo, junto al de Kasajistán, el más currado en decoración.
Los de Nigeria, Malasia y Filipinas son majetes, por contenido má¡s los dos primeros que el segundo, con reproducciones (casi reproducciones) de viviendas tÃípicas, y una decoración también interesante. El resto ni fu ni fa, alguna foto bastante impresionante en Afghanistán (y bastantes tirando a malas), algo de decoración en Grecia, y poca cosa más que destacar.
El tema gastronómico en esta ocasión ha sido nefasto, hemos comido en el autoservicio, que ya derrochamos mucho en la otra visita, y ha sido “una vez y no más”. Me ha recordado la comida de mi colegio (de hecho en mi colegio se comía algo mejor), no es que gastes mucho dinero, y las espectativas se reducían a “comida de batalla”, pero aún así la relación calidad-precio es absurda. Al margen de eso me traído una botella de vino retsina del pabellón de Grecia, a ver qué tal.
Y en esta ocasión sí que me he llevado cámara, pero habrá que esperar a que las revele el próximo fin de semana.
La imagen general sigue siendo la de la anterior visita, más bien decepcionante, hay cosas que están bien, sí, pero en conjunto la Expo es bastante floja. La cosa es que cuando haces una hora del cola para entrar a un pabellón a la salida te preguntas “¿habría hecho esta cola para ver esto si hubiera sido una exposición individual y no hubiera estado en la Expo?”. Y la respuesta es, en la inmensa mayoría de los casos, “no”. Y es que los audivisuales no están mal con moderación, pero si se hace una exposición a base de audiovisuales y pantallas táctiles es que hay poca chicha que ofrecer. Me revienta “ver la tele” en una exposición. No obstante en general está mucho mejor que el Forum de Barcelona, allí sí que me sentí estafado.
Supongo que es ley de vida que cuando uno se empieza a aficionar al vino no tarde en querer visitar las instalaciones de una bodega. El enoturismo parece estar en auge, algo bastante normal si tenemos en cuenta la mejora de la calidad de los caldos españoles en las últimas décadas y la moda impuesta por los californianos y su Napa Valley.
Mi primera visita a un sagrado templo báquico, digo… bodega, no podía ser otra, mi región favorita, y no porque sea mi tierra (mentira, en primer lugar es porque la cabra tira pal monte, pero me importa un huevo): el somontano de Barbastro (D. O. Somontano), y obviamente mi bodega favorita: Viñas del Vero.
Es mi favorita por varios motivos, el primero de todos es porque fueron sus vinos los que me introdujeron. Ocurrió un sábado por la tarde, disfrutando de una relectura de Los tres mosqueteros. El caso es que en la novela los colegas se pasan más tiempo dándole al borgoña y al burdeos que esgrimiendo el florete, y el cuerpo me pedía tintorro. Bajé corriendo al super y me hice con una botella de Viñas del Vero Merlot Colección 2000, botella que aún reposa vacía en la estantería de mi salón. Calentorro como me lo bebí me enamoré, y desde entonces he probado todas las añadas, siempre acompaña y siempre acompañará el asado de ternasco que hacemos en casa el día de navidad, y mire usted, habrá merlots mejores (y muchísimos peores), pero es mi merlot.
Y al grano, la visita no ha sido a las instalaciones de Viñas del Vero propiamente dichas, sino a la de Bodega Blecua, que es una empresa distinta, pero con los mismos propietarios y el mismo enólogo, Pedro Aibar, de modo que aunque no sea necesariamente cierto desde un punto de vista fiscal se podría decir que es una especie de filial. Por un lado me da un poco de pena no haber visitado las bodegas donde se producen esos vinos que tanto me gustan, pero por otro lado Blecua es más bonita y menos industrial.
La visita empieza en Viñas del Vero, en la carretera de Barbastro-Naval, a unos 4 kilómetros de Barbastro junto a Bodegas Pirineos y Lalanne. En la tienda hacen una pequeña introducción a la zona y las empresas. Viñas del Vero empezó sus andaduras en 1986, fue la primera y más grande (en producción) bodega de la D. O. Somontano, puesto que fue la que renovó la imagen de la zona e impulsó la creación de la denominación de origen. Fue creada con capital del Gobierno de Aragón, Caja de Ahorros de la Inmaculada, Sociedad Minera Aragonesa y Catalana e Ibercaja, y recientemente ha sido adquirida por el grupo González Byass. Su primera añada apareció en el mercado en 1990, y desde entonces se ha convertido en una de las bodegas más conocidas dentro Aragón, casi como estandarte del somontano, eclipsando durante un tiempo (al menos entre el consumidor medio) a otras D. O. aragonesas como Cariñena, Calatayud y Campo de Borja. Produce una amplia gama de vinos, desde los básicos jóvenes: Tinto, Blanco y Rosado, los básicos de crianza: Crianza y Chardonnay, hasta los vinos de autor: Gran Vos y Clarión, pasando por su amplia gama de monovarietales de pagos únicos de la serie Colección: Cabernet-sauvignon (pago “Los Sasos”), Merlot (pago “El Ariño”), Syrah (pago “Las Canteras”), Pinot Noir (pago “Las Almunias”), Chardonnay (pago “San Miguel”) y Gewürztraminer (pago “El Enebro”), y el especial y apreciado “Secastilla”, con una fuerte base de garnachas viejas del valle del mismo nombre. Conjugando tradición y modernidad, el concepto de terroir y nuevas tecnologías se producen estos vinos, todos ellos con una relación calidad-precio magnífica (y calidad a secas también). Desde 2003, además se vienen realizando una gama especial de monovarietales, las “Series Limitadas”. En cada una de las series se escoge una variedad y se elabora en colaboración con un enólogo extranjero de las regiones en las que la variedad en cuestión es más emblemática. En 2003 fue la merlot con el enólogo chileno Milton H. Toy, en 2005 se elaboró un pinot noir junto con Bruno Lorenzon, de Borgoña, y en 2006 un syrah con el australiano Terry Barnett.
Aunque he dicho que es la primera bodega de la D. O. Somontano, no es, por supuesto, la primera bodega de la zona. Además de las tradicionales cooperativas y pequeños viticultores en el siglo XIX, huyendo de la filoxera, se estableció en el somontano de Barbastro la familia francesa Lalanne, cuya bodega está situada al lado de Viñas del Vero, cuyos vinos son menos conocidos ya que el 60% se destinan a exportación.
Una vez terminada la introducción nos hemos repartido en dos coches y un monovolumen de la bodega para trasladarnos a Blecua, a un tiro de piedra, como quien dice. Blecua está ubicada en una casa del siglo XIX restaurada, que perteneció a un médico de Barbastro de la época. La decoración y arquitectura exterior se ha respetado, de estilo ecléctico, aires un tanto italianos y algo de neoclásico. Las ventanas están ornamentadas con una especie de flor de lis, que también adorna las botellas de Blecua. Al lado hay un pequeño viñedo testimonial, ya que su fruto no se utiliza en la elaboración de Blecua, pero sí en los vinos de Viñas del Vero. La variedad plantada es la cabernet-sauvignon, y hoy todavía estaba muy inmadura. Nos han comentado que las contínuas lluvias de esta primavera van a retrasar la cosecha, y que las granizadas echaron a perder cerca de un millón de kilos de uva. Todos los viñedos de Viñas del Vero están plantados en espaldera, forman hileras, lo que permite la cosecha mecanizada mediante una especie de grandes tractores que, con dos ruedas a cada lado de las hileras, hacen vibrar las vides y aspiran los granos maduros, dejando el raspón y los granos más verdes en la planta. Sin embargo sólo se realiza la recolección automática con los variedades blancas, las tintas se cosechan a mano, por la noche, cuando la temperatura es más baja, aunque nos comentan que es posible que dentro de unos años también se cosechen mediantante máquinas y por eso todos los viñedos están plantados en espaldera.
El trayecto por la bodega en sí empieza en la sala de recepción, sorprendentemente pequeña. Blecua sólo produce un vino, “Blecua”, y es un vino de gama alta, considerado por muchos uno de los mejores de España. Servidor no dará su opinión porque aún no lo ha probado. Para su elaboración se realiza una triple selección, en primer lugar se eligen los mejores viñedos de Viñas del Vero, se utilizan las variedades cabernet-sauvignon, merlot, tempranillo y garnacha.
En la recepción de la uva se seleccionan los mejores racimos, para ello sacan una pequeña cinta transportadora (mesa de triage) al exterior. Posteriormente se pasa al despalillado, con una máquina también muy pequeña, y es que la producción es muy baja. Esa uva se pasa sin prensar a las grandes barricas de fermentación, de roble francés del bosque de Allier. Las barricas de fermentación están ubicadas en la planta baja y hay solamente cuatro, una para cada variedad de uva, de 18.000 litros de capacidad. La extracción del mosto se realiza exclusivamente por gravedad. Dos veces al día se remoja el mosto a través de los hollejos para extraer los taninos (esto tiene un nombre pero no lo recuerdo), y la fermentación dura un total de 4 semanas, la fermentación maloláctica se realiza en las mismas barricas.
De allí el vino pasa a la sala de barricas para su primera crianza. Pero, el vino ha sido extraído por gravedad, y en los hollejos queda una gran cantidad de vino sin aprovechar. En la sala de fermentación hay una pequeña prensa automática de madera, con aspecto muy tradicional, en la cual se realiza un segundo prensado de los hollejos. El vino extraido se utiliza en Viñas del Vero y los hollejos resultantes se venden a un artesano del cercano pueblo de Colungo, que realiza con él unos estupendos aguardientes (y ya pueden serlo, utiliza los hollejos de los mejores viñedos y los mejores racimos!).
En la sala de barricas cada una de las cuatro variedades se cría por separado durante 12 meses. Hay una hilera de barricas para cada variedad, y viendo las dimensiones de la sala uno empieza a ser consciente de lo pequeña que es la producción de Blecua. Lamentablemente nosotros hemos visitado la bodega en un momento en el que no estaban estas barricas. En cada añada se utilizan sólo barricas nuevas de roble francés del bosque de Allier (que cuestan unos 600 € cada una según nos han contado). Quince días antes habían pasado la cosecha 2007 a las barricas de la segunda crianza, y habían retirado las otras para sustituirlas por las nuevas que aún no habían llegado. Por un lado hace la sala más fea, pero por otro la impresión es más grande. En un sólo golpe de vista hemos podido contemplar toda la añada 2007 de Blecua. Unas 30 ó 40 barricas (han dicho el número pero no me acuerdo, esto de madrugar es muy malo) de 225 litros.
¿Cómo se convierten cuatro hileras de barricas en apenas dos y pico? Es la tercera selección. Tras los ocho primeros meses de crianza se prueban las barricas una por una, y se escogen sólo las mejores. En ese momento se procede a ensamblar el vino mezclando las cuatro variedades. Y finalmente se termina la crianza durante otros 8 meses en barrica, se embotella en Viñas del Vero y continúa criando en botella en las cavas para que se redondee. 20 meses de crianza en barrica y una triple selección que dan lugar a unas 8.000-15.000 botellas en cada añada. Y si la añada no convence el vino no sale a la venta. Desde 1997, primera añada de Blecua, hasta 2003, última comercializada, únicamente en el caso de la añada de 1999 Blecua no salió a la venta.
Toda esta selección y todo este trabajo tiene un precio, y así una botella de Blecua se vende a unos 60 €. Dado el alto precio de la botella y la excasa producción se comprende (aunque no por ello deja de joder) que no nos lo den a probar.
En la sala de barricas hay una curiosidad, durante los trabajos de restauración y construcción de la sala encontraron unas cavidades en la roca datadas del siglo XI, las cuales habitaron monjes benedictinos de la abadía románica de Santa Fe de Conques (Francia), probablemente usadas como retiro.
De la sala de barricas nos pasan al centro de documentación, una biblioteca con unos 3.000 ejemplares de libros sobre vino y gastronomía, a disponibilidad del público previa cita, que reúne cada año a reputados enólogos y cocineros españoles en las jornadas “Días de vino y trufas”. Donde se ponen como el kiko los tíos cabrones (envidia que les tengo). Antes de acabar nos han enseñado unas fotos del edificio antes de la restauración y nos han trasladado de nuevo a Viñas del Vero, para finalizar la visita con una degustación de Viñas del Vero Gewürztraminer Colección 2007 y Viñas del Vero Crianza 2004. He aprovechado la visita para hacerme con los “inencontrables” Series Limitadas Pinot Noir 2005, Series Limitadas Syrah 2006 y Pinot Noir Colección 2006.
Y aunque no lo parezca no trabajo para ellos ni me pagan por hacerles publicidad, es sólo que uno se emociona hablando de los vinos de su tierra.
Aprovechando la bajada de temperaturas de este fin de semana, y que me habían informado de que los domingos hay menos gente que los sábados, hoy por fin he ido a ver la Expo. Hemos ido prontito, a eso de las diez de la mañana, por si acaso, para evitar colas en lo posible.
La primera impresión tras cruzar las puertas es desoladora, una explanada sin nada de sombra. Pobres aquellos que la hayan visitado en los días de más calor. Como era el primer día y tenemos un pase de tres, íbamos sin ninguna idea fija, a lo que saliera y a ser posible evitando colas. O sea, que los pabellones más demandados nos los hemos dejado para próximas visitas.
Únicamente hemos visitado pabellones de países, ni la torre del agua, ni el acuario ni el pabellón puente, sólo países, y con el criterio de “si hay mucha fila pasamos del tema”. Y hemos visto un porrón, a ver si soy capaz de recordarlos todos y más o menos por el orden que hemos seguido: Pakistán, Andorra, Turquía, Italia, Kazajistán, Holanda, Lituania, Rumanía, Hungría, Vaticano, Francia, Mongolia, Tailandia, Marruecos, Jordania, Quatar, Arabia Saudí, Yemen, Túnez, América Latina, Países Bajos, Bulgaria, Bélgica, Austria, China, Nepal y La India. Es decir, una empanada tal que difícilmente podría describirlos todos, pero se hará lo que se pueda.
Los que más me han gustado:
En primer lugar, con amplia diferencia, Kazajistán. Los kazajos se lo han currado, y es en el que más tiempo hemos esperado porque ya me habían chivado que valía mucho la pena. Es una visita más o menos guiada, forman un pequeño grupo a la entrada y te hacen una introducción al país, con un par de pantallas mostrando imágenes de sus paisajes. Cuando el grupo que va delante deja vía libre abren la puerta para acceder a una recreación del paisaje invernal, con el aire acondicionado a tope, que da paso a una yurta en la que te cuentan un poco cómo era la vida nómada y describen los elementos de la tienda. De ahí sales a una recreación del verano que da paso a una sala con proyección audiovisual, música e imágenes, bonito, pero es mejor todo lo anterior. Y finalmente, de camino a la salida tienes pantallitas táctiles y un pequeño (muy pequeño)Â bosque. Muy, pero que muy chulo, muchos deberían aprender de los kazajos a la hora de montar sus pabellones.
En segundo lugar pondría al de Marruecos, que lamentablemente estaba bastante lleno y apenas se podía caminar sin tropezar. Una decoración muy currada y una pequeña exposición de artesanía y utensilios muy bonita (molan los dos fusiles).
En tercer lugar el del Vaticano, temía que abusaran del proselitismo, pero no, han sido muy comedidos. Lo pongo en tercer lugar porque han traído obras de arte de los Museos Vaticanos y de varios puntos de España.
En cuarto lugar el de Hungría, con una reproducción (en parte) de una maquinaria renacentista para subir agua del Danubio a un castillo a 60 metros de altura, y te dejan darle vuelvas a la manivela
Además han dedicado la mayor parte de la exposición a los balnearios, con fotos y maquetas. Este pabellón además tiene puntos extra porque la tienda está francamente bien, se pueden comprar especias (todos los tipos de paprika imaginables), embutidos, vinos… vinos… vinos… He salido con una botella de Kereskedómaz Tokaji Aszú 6 Puttonyos 1999 y otra de Kereskedómaz Tokaji Furmint 2007 a un precio más que muy razonable.
En quinto lugar quizá Italia, o quizá Francia, el primero tiene cosas más chulas y algunas explicaciones sobre los inventos hidráulicos de Leonardo, el segundo está muy bien decorado y te “desalan” mediante un osmosis inversa en un pasillo muy curioso.
Obviamente hay muchos pabellones que no he visto, pero esos son los que más me han gustado de momento.
Los que menos… pues hombre, La India, Pakistán y Yemen no son pabellones, son tiendas puras y duras, Rumanía tiene un vaporizador de agua, imágenes proyectadas y lucecitas (y punto), Lituania lo único curioso que tiene es una especie de laberinto de agua, es decir, una especie de duchas crean las paredes de agua y tienes que llegar al centro. Todo ufano intentas entrar por el trozo en el que no cae nada y como no te has fijado en que las “puertas” cambian de sitio resulta que se vuelve a cerrar justo cuando estás cruzando. Muy bien para los días calurosos, pero precisamente hoy, a la sombra y con el vientecico que soplaba… El de América Latina era muy, muy flojo, sólo hay fotografías impresas en plotter de gran formato haciendo las paredes y pasillos. El de Austria francamente no lo he entendido, hay un mostrador de información a la entrada y unas escaleras que suben a la segunda planta, allí te encuentras a una tipa vestida de novia con un sombrero austriaco, sentada en una silla, dentro de una burbuja con ventilador y confeti que hace las veces de nieve. La tipa lo único que hace es saludar y en un momento dado ha pedido a la gente que aplaudiera. O me he perdido algo o eso era demasiado postmodernista para mí… Y lo curioso es que habían un buen montón de gente sentada viendo a la tipa… creo que es porque de tanto en tanto los ventiladores le movían un poco los bajos del vestido y estaban esperando por si se le veían las bragas. Al menos había alguna azafata de muy buen ver, pero insisto, al margen de la metáfora de la típica bola de nieve no he entendido nada.
En líneas generales muy floja la cosa, demasiado audiovisual y pantalla táctil y muy poca “chicha”, muchos países que se nota a la legua que están por compromiso, por hacer acto de presencia, otros que no son más que tiendas, otros son básicamente oficinas de información turística… Pero se veía venir. Digo yo que si en vez de “el agua” hubieran elegido como tema “papeo y priva” habría estado mucho mejor la cosa.
Hablando de papeo, hemos decidido comer en horario francés para poder meternos en el restaurante Uruguayo, que ya lleva fama. Nos hemos quedado con el menú (45 euracos al canto), que consistía en un entrante de empanadilla de mate (carne con huevo duro, olivas y cebolla confitada) o ensalada (¡¡empanadillaaaaaaa!!) y cuadril nosequé con guarnición de ensalada o patata al plomo (patata asada). El cuadril ese son las “faldas” de la vaca, explicación que me ha dejado un poco como estaba, pero bueno, carnaca buena en abundancia, y muy bien hecha. Hemos regado el asunto con un vino uruguayo, Pisano Río de los Pájaros Tannat-Merlot 2003, que estaba de puta madre (rojo picota con ribete púrpura, capa alta, frutas rojas maduras y nueces en nariz, buen cuerpo, potente y estructurado, tánico pero bien domado, ni el menor ápice de astringencia). El servicio del vino ha sido riguroso, han dejado el corcho en la mesa, me lo han dado a probar a mí en lugar de a mi padre y han servido en el orden correcto. Y de postre… ¡¡sí!! ¡¡lo he vuelto a encontrar!! ¡mi flan perdido!, un poderoso y exquisito flan de huevo, bien denso, acompañado de crema dulce de leche.
Siguiendo con el tema “papeo y priva”, los cafés de los chiringuitos son más malos que la tos, pero en el pabellón de Túnez tienen un té a la menta bastante bueno, el té es de bolsita, pero la menta es fresca.
Como consejo para los aún no hayan ido, si pensáis recoger todos los papelicos de los mostradores de información (como hago yo) pasad primero por el pabellón de Andorra, que dan una bolsa la mar de útil para tal menester.
Y chispún, no hay fotos porque me he ido sin cámara, en las próximas dos visitas ya me llevaré alguna.
AÑADIDO:
Un compañero del curro me ha explicado de qué iba lo del pabellón de Austria, al parecer la tipa saca a bailar a alguien del público, le visten con un frac y proyectan imágenes de gente bailando valses como las del concierto de año nuevo. Y por lo visto también hay un tipo vestido de tirolés que saca a bailar a las señoras.
Nada que comentar, viaje de vuelta. Podríamos haber aprovechado para dar un último paseo, pero preferimos llegar más o menos pronto a Zaragoza para descansar, que yo al día siguiente tenía que volver al curro.
Y chispún, otro viaje más.
Después de ponernos morados en el desayuno buffet, intentamos visitar los salones decimonónicos de la sede del Real Círculo de la Amistad Artística y Literaria de Córdoba. Pero lamentablemente la entrada estaba restringida a socios, y aunque había una exposición de entrada libre el horario no nos iba nada bien, ya que todo lo que queríamos ver abría sólo por la mañana.
Continuamos hasta la judería para visitar la sinagoga. Una de las tres únicas sinagogas medievales que quedan en España, las otras dos están el Toledo. La cosa ya cambió, la entrada era gratuita para ciudadanos de la Unión Europea, y el resto pagaba la simbólica cantidad de 0,30 €. Tampoco nos impidieron usar trípode, sólo que aquello era un poco estrecho para encontrar una perspectiva que me gustará y no hice fotos.
Después del segundo desayuno compramos pastelón de Córdoba y una botella de un Pedro Ximénez, tirando a mediocre pero resultona, al doble de su precio habitual en una pastelería de la zona turística, para llevar a la oficina.
Retrocedimos sobre nuestros pasos, volvimos a la plaza de la Corredera para hacer la foto de rigor y dejamos los bártulos en el hotel para no ir cargados mientras el aplastante sol de mediodía impidiera hacer fotos decentes. Antes de comer visitamos los patios del palacio de Viana, y decidí que cuando sea rico y poderoso lo compraré para hacer de él mi residencia de primavera (la de invierno será el palacio de Topkapi en Estambul, la de otoño alguna casa de la rue de Rivoli en París, y la de verano aún está por concretar).
Volvimos a comer en la plaza de las Tendillas, y como faltaba bastante para tener buena luz nos echamos otra siesta en el hotel -para no tener costumbre de echar la siesta en este viaje hicimos unas cuantas-.
La tarde la íbamos a dedicar a hacer fotos y pasear, pero amanecimos de la siesta con un cielo parcialmente cubierto que tapaba la luz del sol. Hice lo que pude cuando asomaba entre las nubes, pero no se puede decir que fuera una tarde productiva. Se quedó sin hacer la postal de la mezquita, con el Guadalquivir y el puente romano en primer plano, ya que jorababa la estampa una grúa y varios andamios. Además el sol había decidido ocultarse entre las nubes definitivamente. De la torre de la Calahorra sólo pudimos contemplar la parte de la fortificación cristiana, porque estaba totalmente cubierta por andamios y telas que la tapaban. En restauración, como la mitad de España.
Acabamos cenando raciones, algunas mejores y otras peores, en una taberna, y antes de dar por finiquitado el viaje hice una última foto, para acabar el rollo, de la plaza de las tendillas por la noche. Me la jugué a una sola carta por no cargar otro rollo y dejarlo empezado, así que no las tengo todas conmigo (si ilustra este texto es que salió bien, si no es que la cagué al estimar la corrección sobre lo que marcaba el fotómetro).
Sin madrugar ni mucho ni poco nos despedimos de Granada con la manita y partimos rumbo a Madinat Al-Zahra atravesando campos de olivos por doquier. Lo mejorcito para mi alergia oiga, al polen de olivo, y en plena primavera. Menos mal que siete años de jeringazos en el brazo cual heroinámano me la minimizaron hasta casi desaparecer, pero aún así noté alguna ligera dificultad para respirar.
Al llegar aparcamos de milagro, gracias a un coche que se iba en esos momentos. Haber gente había, pero tampoco estaba saturado, el problema es que el aparcamiento es diminuto. Suerte tuvimos y mucho, porque pudimos aparcar a la sombra, que yo ya temía por el jamón y los vinos bajo el abrasador sol.
A la entrada pagamos religiosamente y somos informados que a pesar de estar visitando un monumento cuya conservación pagamos con nuestros impuestos, y una segunda vez mediante la entrada, y que es en parte nuestro puesto que es patrimonio de la humanidad, no podemos fotografiar usando trípode. Ya se sabe, no vaya a ser que seamos profesionales camuflados de guiris que quieren hacerse millonarios y ellos se queden sin su tajada. Mayormente no fue un inconveniente, porque el sol pegaba de lo lindo, pero un interior se quedó a medias.
Me gustó mucho, a mí es que me gustan las ruinas, tienen un aire solemne y permiten dejar volar la imaginación. Y éstas no estan mal conservadas, el trazado de las estancias se aprecia claramente, y hay parted restauradas, en general con bastante acierto. Hice una buena cantidad de fotos, aunque ya veremos cuantas doy por buenas finalmente.
Paseando entre piedras y arcos de bella manufactura fue pasando la mañana y continuamos hasta Córdoba, para registrarnos en el hotel y esas cosas. Pedazo de hotel, fue lo más barato que encontramos, a pesar de lo cual las dos noches nos salieron más caras que las seis de Granada. Situado en varias casas con patios remodeladas, con un buffet de desayuno escandaloso, y habitaciones decoradas con aires moriscos. Tuve la suerte además de que la mía tenía terraza, que aproveché por las noches para tomarme un refresco y fumarme mis cigarritos.
Una vez lo dejamos todo en su sitio fuimos a la caza de un restaurante en el que silenciar los rugidos de nuestras ansiosas tripas. Malcomimos en una terraza de la plaza de las Correderas, y con el calor que estaba haciendo decidimos que lo mejor era echar una siesta en el hotel hasta que el sol apretara algo menos.
La tarde la dedicamos a la inspección previa de rigor, sin cámara ni bártulos. Un paseo por la judería, visita a la mezquita ya que, para variar, no dejaban usar trípode, terrazita por aquí, terrazita por allá, localización de la sinagoga y consulta de horarios, etc.
La mezquita me encantó, dicen que tiene cierto parecido con la de Kairouan (Túnez), ciudad con la que Córdoba está hermanada. Yo he estado en la mezquita de Kairouan y no le encontré mucho parecido que digamos… para empezar el espacio está invertido. La de Kaioruan tiene más patio que recinto cubierto y la de Córdoba al revés. Todo lo más se le puede encontrar el parecido de la situación del minarete, y como está dentro de la torre cristiana tampoco se puede ver si se parece.
La mezquita de Córdoba está, lamentablemente, profanada por una serie de construcciones cristianas de gusto cuestionable a las que llaman “catedral”. Córdoba se merece una catedral a su altura y no ese montón de piedras mal puestas que estropean una construcción admirable. No soy historiador del arte ni nada que se le parezca, así que hablo sin conocimiento de causa cuando digo que en mi opinión el arquitecto de la mezquita construyó un palmeral de piedra. A mí es lo que me sugieren sus innumerables columnas, sin más paredes que las exteriores, coronadas por dobles arcos que descargan su peso sobre capiteles con un cierto aire corintio. Veo troncos (columnas), brotes jóvenes (capiteles) y ramas (los arcos que se despliegan simétricamente). Si las capillas cristianas no entorpecieran la vista, ese bosque de columnas impondría un respeto cobrecogedor. No pude dejar de imaginar pequeños grupos de fieles cuchicheando en voz baja tras cada columna.
Me sentí como si hubiera retrocedido diez siglos en el tiempo.
Si tuviera que decidir si me gustó más la Alhambra o la mezquita de Córdoba estaría en un gran aprieto. Las yeserías de la mezquita son preciosas, pero palidecen en comparación con las de los palacios nazaríes, mucho más finas y sugerentes. En cambio la impresión del conjunto de la mezquita me quitó el aliento, cosa que no logró la Alhambra.
Si tuviera que decidir entre las dos ciudades, en cambio, lo tendría más fácil. Granada me gustó, pero me había hecho otras espectativas, y como ciudad renacentista me han gustado más otras. Córdoba en cambio tiene embrujo. Me lo dijeron usando esa palabra, y a la vuelta expresé mi acuerdo. Tan sólo me sentí estafado porque las guías me habían vendido Córdoba como “el milagro de la ciudad llana”, y me veo en la obligación de manifestar mi profundo desacuerdo. Hay cuestas, no tan pronunciadas como las granadinas, pero de llana naranjas de la china. Zaragoza es mucho más llana, a pesar de que alguna cuesta también tiene. Odio las cuestas, y no sólo las que son cuesta arriba, que los que hemos caminado por el monte ya sabemos bien de donde vienen las agujetas en el culo.
Llegamos a acercanos al alcazar, pero no nos pareció pertinente la visita, porque después de haber visto los de Toledo y Segovia éste parecía muy poquita cosa.
Acabamos la jornada cenando en una terraza de la plaza de las Tendillas, con la estatua del Gran Capitán como invitado de honor y planificando un poco la ruta del día siguiente, para conseguir buena iluminación para las fotos.
Lo único que nos quedaba por ver eran los baños árabes, y como son pequeñajos en diez minutos nos los ventilamos.
El resto del día lo dedicamos a pasear, hacer el vago en las terrazas con una cerveza en la mano y hacer las fotos que me faltaban (aún aproveché un poco el día).
Lo único destacable de la jornada fue la cena que nos metimos entre pecho y espalda. Nos salimos del presupuesto para despedirnos del último bastión como Alá prohibe. En una taberna con una carta de vinos espectacular devoramos un surtido de ibéricos -algo excaso y no especialmente bueno-, tostas con foie micuit (muy rico) y un magnífico surtido de quesos de cabra, verdes y algún curado. Todo ello regado con un Viñas del Vero Gewürztraminer Colección 2007, que con el foie, y sobretodo con los quesos, fue el maridaje más espectacular que he degustado (y que repetiré el próximo fin de semana sin falta). Rediós, qué gozada… Además, como mi padre tenía que conducir, y mi madre bebe como un pajarico, acabé ventilándome algo más de media botella yo solico. No dejé ni una gota.
Como íbamos bien de tiempo y el viaje lo estábamos haciendo en plan pachorrero -en lugar de a matacaballo viendo todo lo visible como de costumbre- hicimos otra ruta por la costa. Que la verdad bien podríamos habernos ahorrado.
Salobreña y Almuñécar son dos pueblos playeros sobresaturados de urbanizaciones y hoteles, que un día entre semana en estas fechas están muertas. Unos paseos cortos por la playa por decir que hemos visto el mar -hacía tiempo-, unas miradas escépticas a los restos de castillos árabes con muchas cuestas interpuestas (para cuatro paredes que ni como ejemplo de arquitectura militar valen la pena…) y mucho aburrimiento. Al final nos acercamos a las cuevas de Nerja, que estaban descartadas por ser cuavas muertas y porque a mis padres no les gustaron la otra vez que estuvieron. Al final justificaron el viaje, esta vez sí que les gustaron, y a mí también. Están muertas sí, pero tienen salas grandecillas ya algunas formaciones muy interesantes, la sala de los fantasmas me cautivó, y la del cataclismo tiene su miga.
Comimos ahí mismo, razonablemente bien e irracionalmente caro (que es lo normal hoy por hoy en España, vamos…, en Francia por el mismo precio te pones las botas con cocina más elaborada y mucho mejor presentada).
De vuelta hice un par de fotos desde unos acantilados, con doble filtro para compensar el sol de mediodía, ya veremos qué sale. Y de vuelta al hotel a echar una siesta tardía para volver a bajar después a Granada. Subimos al Albaycín con el sol ya bajo para hacer fotos nocturnas de la Alhambra iluminada desde el mirador de san Nicolás, después cenamos y de vuelta al hotel.
Realmente ha sido un viaje pachorrero.
Hoy tocaba madrugar, tantísimo que no teníamos ni abierta la cafetería del hotel para desayunar. Así que con las tripas vacías nos encaminamos a Granada para subir a la Alhambra. Tuvimos suerte y encontramos un bar de barrio abierto a esas horas y pudimos echar algo al estómago. Dejamos el coche en el parking de todos los días y nos subió a la Alhambra un taxi.
Tuvimos tiempo de sobra para retirar las entradas en los cajeros y subir hasta la entrada, aún no habían abierto cuando llegamos, y mi padre aprovechó para coger capazo con un belga que hablaba algo de cristiano… Se quejó de lo mal que está Bruselas y los difícil que lo tienen los jóvenes para comprar un piso. Le dijimos los precios que llevan en Zaragoza y los sueldos españoles y lo suyo le pareció una minucia.
Bueno, no voy a contar la visita a la Alhambra en detalle, quien la haya visto ya la conoce y quien no ya tarda… Tan sólo quiero alabar la exquisitez y finura de las filigranas en yeso que decoran las paredes, cagarme en los muertos de Carlos V por profanar el monumento con su mamotreto-cuchitril al que llamó palacio, y lamentar no haber visto a los leones famosos en su sitio por estar en restauración.
Fotos hice pocas, aún no había asomado el sol cuando llegamos y estaba el tema en esa media luz mañanera que deja ver pero no ilumina. Conseguí, eso sí, una toma preciosa, si sale bien, del Partal, sin gente de por medio, con reflejos en el agua y con las primerísimas luces -tuve que esperar cinco minutos mientras se iba iluminando, una experiencia digna de reyes-, ahora sólo falta que el fotómetro no me haya jugado una mala pasada, por si acaso me curé en salud haciendo tres exposiciones a distintas aberturas.
También hice una del Albaycín desde la alcazaba, y otra de las torres de la alcazaba en sí, con muchos guiris de por medio, que no estoy muy seguro de que me convenzan una vez reveladas.
Después hicimos el segundo desayuno y pajareamos tranquilamente de aquí para allá hasta la hora de comer. Después fuimos al Corte Inglés para aprovisionarme de vinos, no encontraba una maldita vinoteca o bodega por la zona turística, y lo que se veía en las tiendas de recuerdos tenía muy mala pinta o el precio inflado. Así que fui a tiro fijo, y encontré el supermercado relativamente bien surtido (al menos más variedad de zonas vitícolas que el de Zaragoza tenía). Me hice con dos botellas de SeñorÃo de Nevada Cabernet Sauvignon/Merlot 2004 (V. T. Granada Sur-Oeste), dos de Memento 2004 (V. T. Granada Norte) y dos de Andrade Pedro Ximénez Reserva 1985 (D. O. Condado de Huelva, es que de Granada no había…). Eso y un bote de Aftersun para mi calva, que andaba protestando.
Como habíamos madrugado nos fuimos al hotel para echar una buena siesta y descargar los vinos, y así volver a Granada cuando el sol estuviera más bajo e hiciera menos calor.
La tarde la dedicamos a callejear. Aproveché para comprarme una gorra, tarea difícil, puesto que prefiero un cáncer de piel a ponerme un gorra ridícula, y ridículas eran casi todas. Además hay que tener en cuenta que en mi atuendo es rigurosamente negro, y no había muchas gorras negras, pero al final conseguí encontrar una que no era demasiado horrorosa, aunque no pude evitar parecer un guiri con denominación de origen. Tendría que haberme llevado mi boina (por las noches hacía fresco, pero no tanto como para encasquetarme mi ushanka ruso).
Cenamos prontito y nos fuimos al sobre enseguida.
Al ser lunes y estar la mayoría de monumentos cerrados, dedicamos el día a hacer ruta por las Alpujarras (o Alpujarra, como narices se diga). Dejando de lado las paradas para mear y hacer el segundo desayuno, tan sólo hicimos parada “oficial” en Cáñar -que goza de unas vistas importantes, llegándose a ver el mar al fondo, y que no fotografié porque el día estaba brumosillo y poco adecuado para panorámicas-, y en Trévelez, visita obligada, no sólo por ser el pueblo más alto de España (con ayuntamiento propio, y hay pueblos que lo discuten) a 1.650 metros de altura, sino porque yo no tenía intención de irme sin un jamón del susodicho pueblo. Aprovechando me hice también con un par de botellas de vino de las Alpujarras, que no sé si será bueno, pero al menos es una curiosidad enológica española por la poco habitual la altura a la que se encuentran sus viñedos (entre 1.200 y 1.500 metros). Es un “Piedra del Sombrero”, clasificado como “Vino de mesa”, de sabe dios que añada, porque la etiqueta no es muy ilustrativa. Por lo poquísimo que he encontrado en internet (una sóla entrada, y en las guías que tengo por casa cero pelotero) es un cabernet sauvignon-merlot con algo de mazuelo. Pero a saber si cambia el coupage según la añada.
Antes de abandonar Trévelez le hice una foto al pueblo desde un mirador de carretera, y seguimos nuestro camino subiendo y bajando entre pueblos encalados colgados de las montañas, hasta llegar a Guadix a la hora de comer. Me puse tibio de jamón, paleta, panceta y tortilla de patatas en un mesón, la comida más barata que hicimos y una de las mejores. Paseamos un poco por los alrededores de la catedral, muy bonita por fuera, pero cerrada. Y es una lástima porque días después vi en Granada algunas fotos del interior y tenía una pinta buenÃsima. Nos acercamos a la alcazaba y finalmente subimos al barrio de las cuevas para hacer la foto panorámica de rigor, con la alcazaba como protagonista (aunque la luz no era buena a esas horas), quería hacer fotos a alguna de las cuevas, pero los habitantes de las cercanas despertaron de sus siestas y empezaron a acechar a la caza del guiri, uno ya intentó camelarnos para enseñarnos la suya, y otro estaba vigilante mientras entrábamos en el coche, digo yo que vigilando si desplegábamos el trípode o no. Yo es que cuevas ya vi en Túnez, y más pintorescas, y paso de pagar por hacer fotos a algo que está en la calle.
Como teníamos toda la tarde por delante, y nada planeado seguimos hacia Sierra Nevada, que no estaba planificada en el viaje. Subimos carretera arriba hasta Monachil, como la entrada al complejo era un parking de pago, y no había otra cosa que hoteles y cafeterías (como Formigal, con la diferencia de que en Formigal puedes aparcar sin pagar, siempre que encuentres sitio) hice una foto desde la carretera y tratamos de subir más arriba. Alcanzamos los 2.500 y pico metros, pero la carretera estaba cortada por instalaciones militares.
Bajamos a cenar a Granada y vuelta al hotel, que al día siguiente tocaba madrugar de lo lindo, teníamos entradas para los palacios nazaríes de la Alhambra a las 8:30, y conviene llegar pronto para retirar las entradas reservadas.