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Nada que comentar, viaje de vuelta. Podríamos haber aprovechado para dar un último paseo, pero preferimos llegar más o menos pronto a Zaragoza para descansar, que yo al día siguiente tenía que volver al curro.
Y chispún, otro viaje más.
Después de ponernos morados en el desayuno buffet, intentamos visitar los salones decimonónicos de la sede del Real Círculo de la Amistad Artística y Literaria de Córdoba. Pero lamentablemente la entrada estaba restringida a socios, y aunque había una exposición de entrada libre el horario no nos iba nada bien, ya que todo lo que queríamos ver abría sólo por la mañana.
Continuamos hasta la judería para visitar la sinagoga. Una de las tres únicas sinagogas medievales que quedan en España, las otras dos están el Toledo. La cosa ya cambió, la entrada era gratuita para ciudadanos de la Unión Europea, y el resto pagaba la simbólica cantidad de 0,30 €. Tampoco nos impidieron usar trípode, sólo que aquello era un poco estrecho para encontrar una perspectiva que me gustará y no hice fotos.
Después del segundo desayuno compramos pastelón de Córdoba y una botella de un Pedro Ximénez, tirando a mediocre pero resultona, al doble de su precio habitual en una pastelería de la zona turística, para llevar a la oficina.
Retrocedimos sobre nuestros pasos, volvimos a la plaza de la Corredera para hacer la foto de rigor y dejamos los bártulos en el hotel para no ir cargados mientras el aplastante sol de mediodía impidiera hacer fotos decentes. Antes de comer visitamos los patios del palacio de Viana, y decidí que cuando sea rico y poderoso lo compraré para hacer de él mi residencia de primavera (la de invierno será el palacio de Topkapi en Estambul, la de otoño alguna casa de la rue de Rivoli en París, y la de verano aún está por concretar).
Volvimos a comer en la plaza de las Tendillas, y como faltaba bastante para tener buena luz nos echamos otra siesta en el hotel -para no tener costumbre de echar la siesta en este viaje hicimos unas cuantas-.
La tarde la íbamos a dedicar a hacer fotos y pasear, pero amanecimos de la siesta con un cielo parcialmente cubierto que tapaba la luz del sol. Hice lo que pude cuando asomaba entre las nubes, pero no se puede decir que fuera una tarde productiva. Se quedó sin hacer la postal de la mezquita, con el Guadalquivir y el puente romano en primer plano, ya que jorababa la estampa una grúa y varios andamios. Además el sol había decidido ocultarse entre las nubes definitivamente. De la torre de la Calahorra sólo pudimos contemplar la parte de la fortificación cristiana, porque estaba totalmente cubierta por andamios y telas que la tapaban. En restauración, como la mitad de España.
Acabamos cenando raciones, algunas mejores y otras peores, en una taberna, y antes de dar por finiquitado el viaje hice una última foto, para acabar el rollo, de la plaza de las tendillas por la noche. Me la jugué a una sola carta por no cargar otro rollo y dejarlo empezado, así que no las tengo todas conmigo (si ilustra este texto es que salió bien, si no es que la cagué al estimar la corrección sobre lo que marcaba el fotómetro).
Sin madrugar ni mucho ni poco nos despedimos de Granada con la manita y partimos rumbo a Madinat Al-Zahra atravesando campos de olivos por doquier. Lo mejorcito para mi alergia oiga, al polen de olivo, y en plena primavera. Menos mal que siete años de jeringazos en el brazo cual heroinámano me la minimizaron hasta casi desaparecer, pero aún así noté alguna ligera dificultad para respirar.
Al llegar aparcamos de milagro, gracias a un coche que se iba en esos momentos. Haber gente había, pero tampoco estaba saturado, el problema es que el aparcamiento es diminuto. Suerte tuvimos y mucho, porque pudimos aparcar a la sombra, que yo ya temía por el jamón y los vinos bajo el abrasador sol.
A la entrada pagamos religiosamente y somos informados que a pesar de estar visitando un monumento cuya conservación pagamos con nuestros impuestos, y una segunda vez mediante la entrada, y que es en parte nuestro puesto que es patrimonio de la humanidad, no podemos fotografiar usando trípode. Ya se sabe, no vaya a ser que seamos profesionales camuflados de guiris que quieren hacerse millonarios y ellos se queden sin su tajada. Mayormente no fue un inconveniente, porque el sol pegaba de lo lindo, pero un interior se quedó a medias.
Me gustó mucho, a mí es que me gustan las ruinas, tienen un aire solemne y permiten dejar volar la imaginación. Y éstas no estan mal conservadas, el trazado de las estancias se aprecia claramente, y hay parted restauradas, en general con bastante acierto. Hice una buena cantidad de fotos, aunque ya veremos cuantas doy por buenas finalmente.
Paseando entre piedras y arcos de bella manufactura fue pasando la mañana y continuamos hasta Córdoba, para registrarnos en el hotel y esas cosas. Pedazo de hotel, fue lo más barato que encontramos, a pesar de lo cual las dos noches nos salieron más caras que las seis de Granada. Situado en varias casas con patios remodeladas, con un buffet de desayuno escandaloso, y habitaciones decoradas con aires moriscos. Tuve la suerte además de que la mía tenía terraza, que aproveché por las noches para tomarme un refresco y fumarme mis cigarritos.
Una vez lo dejamos todo en su sitio fuimos a la caza de un restaurante en el que silenciar los rugidos de nuestras ansiosas tripas. Malcomimos en una terraza de la plaza de las Correderas, y con el calor que estaba haciendo decidimos que lo mejor era echar una siesta en el hotel hasta que el sol apretara algo menos.
La tarde la dedicamos a la inspección previa de rigor, sin cámara ni bártulos. Un paseo por la judería, visita a la mezquita ya que, para variar, no dejaban usar trípode, terrazita por aquí, terrazita por allá, localización de la sinagoga y consulta de horarios, etc.
La mezquita me encantó, dicen que tiene cierto parecido con la de Kairouan (Túnez), ciudad con la que Córdoba está hermanada. Yo he estado en la mezquita de Kairouan y no le encontré mucho parecido que digamos… para empezar el espacio está invertido. La de Kaioruan tiene más patio que recinto cubierto y la de Córdoba al revés. Todo lo más se le puede encontrar el parecido de la situación del minarete, y como está dentro de la torre cristiana tampoco se puede ver si se parece.
La mezquita de Córdoba está, lamentablemente, profanada por una serie de construcciones cristianas de gusto cuestionable a las que llaman “catedral”. Córdoba se merece una catedral a su altura y no ese montón de piedras mal puestas que estropean una construcción admirable. No soy historiador del arte ni nada que se le parezca, así que hablo sin conocimiento de causa cuando digo que en mi opinión el arquitecto de la mezquita construyó un palmeral de piedra. A mí es lo que me sugieren sus innumerables columnas, sin más paredes que las exteriores, coronadas por dobles arcos que descargan su peso sobre capiteles con un cierto aire corintio. Veo troncos (columnas), brotes jóvenes (capiteles) y ramas (los arcos que se despliegan simétricamente). Si las capillas cristianas no entorpecieran la vista, ese bosque de columnas impondría un respeto cobrecogedor. No pude dejar de imaginar pequeños grupos de fieles cuchicheando en voz baja tras cada columna.
Me sentí como si hubiera retrocedido diez siglos en el tiempo.
Si tuviera que decidir si me gustó más la Alhambra o la mezquita de Córdoba estaría en un gran aprieto. Las yeserías de la mezquita son preciosas, pero palidecen en comparación con las de los palacios nazaríes, mucho más finas y sugerentes. En cambio la impresión del conjunto de la mezquita me quitó el aliento, cosa que no logró la Alhambra.
Si tuviera que decidir entre las dos ciudades, en cambio, lo tendría más fácil. Granada me gustó, pero me había hecho otras espectativas, y como ciudad renacentista me han gustado más otras. Córdoba en cambio tiene embrujo. Me lo dijeron usando esa palabra, y a la vuelta expresé mi acuerdo. Tan sólo me sentí estafado porque las guías me habían vendido Córdoba como “el milagro de la ciudad llana”, y me veo en la obligación de manifestar mi profundo desacuerdo. Hay cuestas, no tan pronunciadas como las granadinas, pero de llana naranjas de la china. Zaragoza es mucho más llana, a pesar de que alguna cuesta también tiene. Odio las cuestas, y no sólo las que son cuesta arriba, que los que hemos caminado por el monte ya sabemos bien de donde vienen las agujetas en el culo.
Llegamos a acercanos al alcazar, pero no nos pareció pertinente la visita, porque después de haber visto los de Toledo y Segovia éste parecía muy poquita cosa.
Acabamos la jornada cenando en una terraza de la plaza de las Tendillas, con la estatua del Gran Capitán como invitado de honor y planificando un poco la ruta del día siguiente, para conseguir buena iluminación para las fotos.
Lo único que nos quedaba por ver eran los baños árabes, y como son pequeñajos en diez minutos nos los ventilamos.
El resto del día lo dedicamos a pasear, hacer el vago en las terrazas con una cerveza en la mano y hacer las fotos que me faltaban (aún aproveché un poco el día).
Lo único destacable de la jornada fue la cena que nos metimos entre pecho y espalda. Nos salimos del presupuesto para despedirnos del último bastión como Alá prohibe. En una taberna con una carta de vinos espectacular devoramos un surtido de ibéricos -algo excaso y no especialmente bueno-, tostas con foie micuit (muy rico) y un magnífico surtido de quesos de cabra, verdes y algún curado. Todo ello regado con un Viñas del Vero Gewürztraminer Colección 2007, que con el foie, y sobretodo con los quesos, fue el maridaje más espectacular que he degustado (y que repetiré el próximo fin de semana sin falta). Rediós, qué gozada… Además, como mi padre tenía que conducir, y mi madre bebe como un pajarico, acabé ventilándome algo más de media botella yo solico. No dejé ni una gota.
Como íbamos bien de tiempo y el viaje lo estábamos haciendo en plan pachorrero -en lugar de a matacaballo viendo todo lo visible como de costumbre- hicimos otra ruta por la costa. Que la verdad bien podríamos habernos ahorrado.
Salobreña y Almuñécar son dos pueblos playeros sobresaturados de urbanizaciones y hoteles, que un día entre semana en estas fechas están muertas. Unos paseos cortos por la playa por decir que hemos visto el mar -hacía tiempo-, unas miradas escépticas a los restos de castillos árabes con muchas cuestas interpuestas (para cuatro paredes que ni como ejemplo de arquitectura militar valen la pena…) y mucho aburrimiento. Al final nos acercamos a las cuevas de Nerja, que estaban descartadas por ser cuavas muertas y porque a mis padres no les gustaron la otra vez que estuvieron. Al final justificaron el viaje, esta vez sí que les gustaron, y a mí también. Están muertas sí, pero tienen salas grandecillas ya algunas formaciones muy interesantes, la sala de los fantasmas me cautivó, y la del cataclismo tiene su miga.
Comimos ahí mismo, razonablemente bien e irracionalmente caro (que es lo normal hoy por hoy en España, vamos…, en Francia por el mismo precio te pones las botas con cocina más elaborada y mucho mejor presentada).
De vuelta hice un par de fotos desde unos acantilados, con doble filtro para compensar el sol de mediodía, ya veremos qué sale. Y de vuelta al hotel a echar una siesta tardía para volver a bajar después a Granada. Subimos al Albaycín con el sol ya bajo para hacer fotos nocturnas de la Alhambra iluminada desde el mirador de san Nicolás, después cenamos y de vuelta al hotel.
Realmente ha sido un viaje pachorrero.
Hoy tocaba madrugar, tantísimo que no teníamos ni abierta la cafetería del hotel para desayunar. Así que con las tripas vacías nos encaminamos a Granada para subir a la Alhambra. Tuvimos suerte y encontramos un bar de barrio abierto a esas horas y pudimos echar algo al estómago. Dejamos el coche en el parking de todos los días y nos subió a la Alhambra un taxi.
Tuvimos tiempo de sobra para retirar las entradas en los cajeros y subir hasta la entrada, aún no habían abierto cuando llegamos, y mi padre aprovechó para coger capazo con un belga que hablaba algo de cristiano… Se quejó de lo mal que está Bruselas y los difícil que lo tienen los jóvenes para comprar un piso. Le dijimos los precios que llevan en Zaragoza y los sueldos españoles y lo suyo le pareció una minucia.
Bueno, no voy a contar la visita a la Alhambra en detalle, quien la haya visto ya la conoce y quien no ya tarda… Tan sólo quiero alabar la exquisitez y finura de las filigranas en yeso que decoran las paredes, cagarme en los muertos de Carlos V por profanar el monumento con su mamotreto-cuchitril al que llamó palacio, y lamentar no haber visto a los leones famosos en su sitio por estar en restauración.
Fotos hice pocas, aún no había asomado el sol cuando llegamos y estaba el tema en esa media luz mañanera que deja ver pero no ilumina. Conseguí, eso sí, una toma preciosa, si sale bien, del Partal, sin gente de por medio, con reflejos en el agua y con las primerísimas luces -tuve que esperar cinco minutos mientras se iba iluminando, una experiencia digna de reyes-, ahora sólo falta que el fotómetro no me haya jugado una mala pasada, por si acaso me curé en salud haciendo tres exposiciones a distintas aberturas.
También hice una del Albaycín desde la alcazaba, y otra de las torres de la alcazaba en sí, con muchos guiris de por medio, que no estoy muy seguro de que me convenzan una vez reveladas.
Después hicimos el segundo desayuno y pajareamos tranquilamente de aquí para allá hasta la hora de comer. Después fuimos al Corte Inglés para aprovisionarme de vinos, no encontraba una maldita vinoteca o bodega por la zona turística, y lo que se veía en las tiendas de recuerdos tenía muy mala pinta o el precio inflado. Así que fui a tiro fijo, y encontré el supermercado relativamente bien surtido (al menos más variedad de zonas vitícolas que el de Zaragoza tenía). Me hice con dos botellas de SeñorÃo de Nevada Cabernet Sauvignon/Merlot 2004 (V. T. Granada Sur-Oeste), dos de Memento 2004 (V. T. Granada Norte) y dos de Andrade Pedro Ximénez Reserva 1985 (D. O. Condado de Huelva, es que de Granada no había…). Eso y un bote de Aftersun para mi calva, que andaba protestando.
Como habíamos madrugado nos fuimos al hotel para echar una buena siesta y descargar los vinos, y así volver a Granada cuando el sol estuviera más bajo e hiciera menos calor.
La tarde la dedicamos a callejear. Aproveché para comprarme una gorra, tarea difícil, puesto que prefiero un cáncer de piel a ponerme un gorra ridícula, y ridículas eran casi todas. Además hay que tener en cuenta que en mi atuendo es rigurosamente negro, y no había muchas gorras negras, pero al final conseguí encontrar una que no era demasiado horrorosa, aunque no pude evitar parecer un guiri con denominación de origen. Tendría que haberme llevado mi boina (por las noches hacía fresco, pero no tanto como para encasquetarme mi ushanka ruso).
Cenamos prontito y nos fuimos al sobre enseguida.
Al ser lunes y estar la mayoría de monumentos cerrados, dedicamos el día a hacer ruta por las Alpujarras (o Alpujarra, como narices se diga). Dejando de lado las paradas para mear y hacer el segundo desayuno, tan sólo hicimos parada “oficial” en Cáñar -que goza de unas vistas importantes, llegándose a ver el mar al fondo, y que no fotografié porque el día estaba brumosillo y poco adecuado para panorámicas-, y en Trévelez, visita obligada, no sólo por ser el pueblo más alto de España (con ayuntamiento propio, y hay pueblos que lo discuten) a 1.650 metros de altura, sino porque yo no tenía intención de irme sin un jamón del susodicho pueblo. Aprovechando me hice también con un par de botellas de vino de las Alpujarras, que no sé si será bueno, pero al menos es una curiosidad enológica española por la poco habitual la altura a la que se encuentran sus viñedos (entre 1.200 y 1.500 metros). Es un “Piedra del Sombrero”, clasificado como “Vino de mesa”, de sabe dios que añada, porque la etiqueta no es muy ilustrativa. Por lo poquísimo que he encontrado en internet (una sóla entrada, y en las guías que tengo por casa cero pelotero) es un cabernet sauvignon-merlot con algo de mazuelo. Pero a saber si cambia el coupage según la añada.
Antes de abandonar Trévelez le hice una foto al pueblo desde un mirador de carretera, y seguimos nuestro camino subiendo y bajando entre pueblos encalados colgados de las montañas, hasta llegar a Guadix a la hora de comer. Me puse tibio de jamón, paleta, panceta y tortilla de patatas en un mesón, la comida más barata que hicimos y una de las mejores. Paseamos un poco por los alrededores de la catedral, muy bonita por fuera, pero cerrada. Y es una lástima porque días después vi en Granada algunas fotos del interior y tenía una pinta buenÃsima. Nos acercamos a la alcazaba y finalmente subimos al barrio de las cuevas para hacer la foto panorámica de rigor, con la alcazaba como protagonista (aunque la luz no era buena a esas horas), quería hacer fotos a alguna de las cuevas, pero los habitantes de las cercanas despertaron de sus siestas y empezaron a acechar a la caza del guiri, uno ya intentó camelarnos para enseñarnos la suya, y otro estaba vigilante mientras entrábamos en el coche, digo yo que vigilando si desplegábamos el trípode o no. Yo es que cuevas ya vi en Túnez, y más pintorescas, y paso de pagar por hacer fotos a algo que está en la calle.
Como teníamos toda la tarde por delante, y nada planeado seguimos hacia Sierra Nevada, que no estaba planificada en el viaje. Subimos carretera arriba hasta Monachil, como la entrada al complejo era un parking de pago, y no había otra cosa que hoteles y cafeterías (como Formigal, con la diferencia de que en Formigal puedes aparcar sin pagar, siempre que encuentres sitio) hice una foto desde la carretera y tratamos de subir más arriba. Alcanzamos los 2.500 y pico metros, pero la carretera estaba cortada por instalaciones militares.
Bajamos a cenar a Granada y vuelta al hotel, que al día siguiente tocaba madrugar de lo lindo, teníamos entradas para los palacios nazaríes de la Alhambra a las 8:30, y conviene llegar pronto para retirar las entradas reservadas.
Sin madrugar fuimos al hotel en el que habíamos reservado, a que nos dieran de desayunar (el otro no servía desayunos los domingos), y por suerte nos pudimos acomodar ya en las habitaciones.
El resto de la mañana la pasamos visitando el hospital san Juan de Dios, con sus dos preciosos patios y su impresionante escalera. Cuando fuimos a la basílica estaban en misa, así que seguimos nuestros camino hasta el monasterio de san Jerónimo. En la taquilla nos avisaron de que el uso del trípode estaba prohibido, pero mi padre, con un poco de picaresca consiguió que el taquillero y “el hermano Pepón” hicieran la vista gorda. Si es que los monjes son muy majos. Paseamos por el claustro echando un vistazo al capítulo, la sacristía y la sala capitular, un poco sosicas todas ellas, haciendo tiempo para que terminaran la misa en la capilla. Pero al parecer era día del espectador y había sesión contínua, así que hice la foto con un poco de discreción mientras los fieles cantaban.
Volvimos a la basílica san Juan de Dios, pero lo dicho, que había sesión contínua y estaba a punto de empezar otra misa. Un poco harto ya de misas y sermones (que sí, que están en su derecho, y más en el día del señor, pero que toca mucho los huevos que no las espacien un poco para que los guiris podamos contemplar el patrimonio que pagamos con nuestros impuestos) mandé la discreción a tomar viento y planté el trípode en medio del pasillo con todos los fieles dirigiendo sus miradas hacia mí, los más curiosos, otros divertidos y algunos molestos. Pero que les den por saco, el cura aún no había aparecido, contaba con su permiso para hacer la foto y me dí toda la prisa posible. Lo cual no fue impedimento para que una abuelica se empeñara en pasar por donde no cabía mientras intentaba hacerle sitio retirando el trípode, casi se me mata la pobre.
Comimos no sé donde (prefiero olvidar la mayoría de las comidas), y por la tarde subimos al Albaycín -nos subió el autobús, para hacer honor a la verdad-. Y allí pasamos la tarde callejeando, intentando echar un ojo a los patios de los cármenes entre las verjas de las puertas, evitando las cuestas pronunciadas -estamos viejos ya- y visitando la iglesia de El Salvador, antaño mezquita mayor del albaycín. Bastante sosa, pero con un patio árabe muy chulo y unos misales preciosos en el museo. Hicimos tiempo en una terraza al lado del mirador de san Nicolás, donde me quemó un poco la calva, pues el sol pegaba de lo lindo y las sombrillas estaban cerradas para que no las tirara el viento que se había levantado. Seguimos dando vueltas por las mismas calles de antes (lo que sea por no subir cuestas) hasta que el sol empezó a bajar y pudimos hacernos un hueco entre la horda de turistas para fotografiar la Alhambra con la luz cálida del atardecer.
Se puede decir que el AlbaycÃn me decepcionó un poco, me lo imaginaba más morisco, pero las vistas son buenas.
Vuelta pabajo, cena raquítica, aunque gustativamente agradable, en un bar de tapas y raciones y a reponer fuerzas en el hotel.
El primer día de viaje, para variar madrugón, aunque no excesivo, a las ocho de la mañana estábamos ya en la autovía a Madrid con siete horas de carretera por delante. Paramos a comer en un área de servicio en algún lugar de la provincia de Jaén, y seguimos hasta Granada.
Al llegar al hotel nos llevamos un buen susto. El recepcionista nos dijo que el hotel estaba lleno, que no teníamos habitación y que teníamos que ir a otro. Y se quedó tan ancho sin añadir nada más. Tirándole de la lengua conseguimos enterarnos de que era sólo esa noche, que al día siguiente quedaban habitaciones libres, y que nos habían reservado habitación en otro hotel muy cercano de la misma categoría y que ya se encargaban ellos del pago y demás. Pero de buenas a primeras el tío no nos daba explicaciones. Nos puso como excusa que al haber reservado a través de una agencia de internet ellos no tenían nuestros datos y no pudieron avisarnos, lo cual me suena a cuento chino, porque bien podrían haberse puesto en contacto con la agencia para que ellos nos lo comunicaran. Teniendo en cuenta que había un autobús de viaje organizado aparcado en la puerta servidor, que es muy malpensado, cree que más bien les llegó una jugosa petición de última hora de veintitantas habitaciones y que les hicieron hueco sacándonos a nosotros. Pero bueno, sólo fue una noche y al final no nos cobraron los desayunos.
Una vez encontrado el otro hotel y descargado el equipaje fuimos a Granada (es que tanto el uno como el otro estaban a las afueras) para dar un paseo, hacer la toma de contacto de rigor y estudiar la iluminación de todo aquello susceptible de ser fotografiado. Entre tanto visitamos la catedral, renacentista por fuera y neoclásica por dentro (qué poco me gusta el neoclásico…), y se decidió que no había forma humana de fotografiar aquello en condiciones. Por fuera porque está entre callejas que no dan ángulo sin deformaciones aberrantes ni iluminación medio decente, y por fuera porque estaba prohibido el uso de trípode. Acto seguido visitamos la capilla Real -a la que se entra por separado, pese a pertenecer al templo, y por cuya visita hay que volver a pagar-. No pude escupir sobre el sarcófago de Isabel la Católica porque había un cristal de por medio (a mí es que Fernando me cae muy bien, un tío inteligente, pero la Isabelita de los cojones la tengo atravesada).
Seguimos paseando por la alcaicería (preciosa, reconstruida, pero tiene un ambientillo de zoco árabe bastante bien conseguido), entre los chiringuitos de recuerdos y cacharrerías diversas hasta la plaza de la Bibrambla, un lugar lleno de restaurantes con terrazas en el que cenamos o comimos casi todos los días, no era ni barato ni la comida demasiado buena, pero el ambientillo era agradable. Entramos al Corral del Carbón, pequeño almacen-hospedería medieval de mercaderes, y nos informamos sobre los horarios de los autobuses que suben a la Alhambra y el Albaycín (pasamos mucho de subir cuestas andando).
De ahí a la plaza Nueva, lugar en el que nos sentaríamos todos los días a tomar algo después de la siesta o para hacer el “segundo desayuno” (costumbre hobbit bastante asentada en mi familia). Echamos un vistazo a la cancillería, que esta vez sí que me gustó pese a tener fachada neoclásica, y nos acercamos a la oficina de información turística, para localizar los baños árabes, situados en la granadina carrera del Darro. A esas horas del sábado llena de rastas, hippies, guiris y otras especies alienígenas.
Poca cosa más hicimos, pasear tranquilamente y cenar en la plaza de la bibrambla antes de volver al hotel para dormir.
Ya he vuelto de vacaciones, pero ahora no tengo ganas de contar nada, que llevo siete horas de carretera encima y estoy cansadete.