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4 Sep 2007

Viernes, 17-8-2007 - Carcasona - Mirepoix - Foix - Plan - Zaragoza

El último día de viaje también salió nublado. Después de desayunar no nos entretuvimos y en cuanto dejamos la habitación salimos a la autopista con rumbo a Mirepoix, otro pueblo medieval.

Paseamos desde el aparcamiento hasta la plaza mayor, pasando por la catedral de San Mauricio, de estilo gótico, y la segunda mas ancha de Europa después de la de Gerona. Llegamos tan pronto que aún estaban terminando de abrir las cafeterías y las tiendas, teníamos la plaza casi para nosotros solos.

Lo bonito de la plaza son las casas y las arcadas, en lugar de tener columnas de piedra, como es habitual, son de madera, con alguna pequeña escultura tallada aquí y allá, un poco escondidas. Las casas se sostienen sobre las columnas y vigas de madera, y las fachadas están pintadas de muchos colores en tonos pastel con más vigas entrecruzadas. Junto al pequeño mercado cubierto y los árboles de la plaza hacen un conjunto precioso, y lugar en el que dan ganas de pasar la tarde entera leyendo un libro en la terraza de un café. Nosotros nos contentamos con desayunar, para disfrutarla tranquilamente y sin turistas, hasta que abrieron la catedral. Una sola nave, ancha de narices, compone la planta, y los nervios de la bóveda se entrecruzan a lo que parece un altura más baja de lo habitual debido a la ausencia de columnas, que acentúan la sensación de espacio. Al fondo luce el altar tallado, y atrás un enorme órgano.

Terminamos la visita paseando de nuevo por la plaza, y nos internamos un poco por algunas calles para ver si había más casas medievales, pero no vimos gran cosa y teníamos algo de prisa por continuar, para no llegar muy tarde a Zaragoza.

Desde allí seguimos avanzando hacia Foix, que nos recibió con una buena vista del castillo y la abadía de Saint-Volusien. Aparcar fue un problema, dimos una vuelta por el pueblo, pero había mercado semanal y el parking más grande estaba lleno de puestos. Dimos varias vueltas y finalmente nos resignamos a aparcar en el parking de la estación, al fondo del todo, lo más lejos posible del pueblo. Así que fuimos paseando hasta el mercado, callejeamos un rato y nos tomamos un café para coger fuerzas antes de subir al castillo.

Buena voluntad de subir no faltó, y empezamos el camino, pero en un punto dado las calles se convertían en camino de cabras y la cuesta se empinaba demasiado. Miramos hacia arriba y la moral se nos cayó a los pies. Qué puñeteras manías de ponerlo todo en alto… Encima empezó a gotear y casi me vuelvo a torcer el tobillo al resbalar en la acera. Se hacía ya la hora de comer y fuimos a la busca de un restaurante antes de que se llenara. Fue un italiano, y fue una pizza de chorizo y bacon.

Para finalizar caminamos hasta la abadía de Saint-Volusien, de la cual se puede destacar el ábside gótico, y la portada románica, aunque no es nada del otro mundo. El interior no dice gran cosa tampoco.

De allí ya fuimos al coche y seguimos nuestro camino, con la lluvia persiguiéndonos, entre estrechas carreteras de montaña, contemplando un paisaje cada vez más verde. Finalmente cruzamos el túnel de Bielsa y, obviamente, al otro lado la temperatura subió 5 grados de golpe, porque estaba despejado y el sol ya picaba.

Nos desviamos un poco para hacer un alto en Plan, donde supuestamente debería haber parado a tomar algo con mi maestro, que veranea allí. Vi su coche, pero tenía el móvil apagado y no sabía en qué casa se aloja, así que estuvimos estirando las piernas una hora dando vueltas por el pueblo hasta que nos aburrimos.

El resto del viaje pues lo normal, aunque con un atasco de narices por obras, pasado Torreciudad, al salir a la carretera de Barbastro.

Llegamos a eso de las 20:30 a Zaragoza, momento adecuado para estrenar el Dönner Kebab que han abierto al lado de casa de mis padres.

Y chis pun.

Esta vez sí que he conseguido terminar el relato de memoria. El próximo viaje… a saber, pero Egipto tiene todas las papeletas para ser el próximo destino a finales de marzo o principios de abril, si sigo trabajando y consigo vacaciones. Si no igual me arrimo de una puñetera vez a Granada aunque sean 4 días.

4 Septiembre, 2007 at 18:18 by Jorge Orte Tudela

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3 Sep 2007

Jueves, 16-8-2007 - Carcasona - Rennes-le-Château - Limoux - Carcasona

La mañana la dedicamos a terminar Carcasona. En realidad sólo nos faltaba el castillo. No madrugamos mucho porque abre a las 10 y estábamos a lado. Subimos la cuesta resignados, pero esta vez sin cámaras, que se notan. Además estuvo todo el día nublado, así que tampoco se perdió gran cosa.

Aún sin madrugar llegamos demasiado pronto, no habían abierto ni las tiendas. Dimos vueltas y más vueltas por las calles, otra vez hasta la puerta de Narbona y vuelta hacia atrás. Llenamos el bolso de mi madre de folletos de información turística para guardar como recuerdo, le compramos unos pendientes “medievales” a mi hermana, para acompañar su disfraz y que se los ponga en las fiestas medievales de Teruel. Los compramos en una tienda que era, quizá, la más medieval de todas. Vendían todo tipo de figuras y cachivaches de hadas y temática fantástica, incluso varitas y escobas de Harry Potter, pero también vendían ropa medieval, cuyos colores eran bastante inexactos, por no decir totalmente equivocados desde un punto de vista académico, pero el corte daba el pego bastante bien. A la salida del castillo le compramos una espada de madera a mi sobrinica, que no es que sea muy guerrera pero ha visto tantas veces el ballet del Cascanueces que ya relaciona las espadas con la danza (no obstante ella sigue usando como espada un tubo de guardar pósters).

Como aún faltaba un poco para que abrieran aprovechamos para tomar otro café, que hacía fresco e íbamos en mangas de camisa. Mientras tanto abrieron y empezó a entrar la primera marea de turistas. Los dejamos pasar tranquilamente hasta que los perdimos de vista y nos decidimos a entrar. Cruzamos la primera puerta, la de la barbacana, y nos los encontramos haciendo fila en las taquillas, así que poco ganamos. Dejé a mis padres en la cola y me fui a pasear un poco por la zona. Me crucé con dos mozas de buen ver que llevaban un enorme buho (vivo) en la mano cada una. La imagen me dejó un poco transtornado porque… en fin… dos jóvenes doncellas casaderas con una rapaz en la mano despiertan en un servidor ciertos instintos animales… Estoicamente me recuperé de la primera impresión y constaté que estaban haciendo promoción de un parque ornitológico que hay en las afueras. Se dejaban hacer fotos con los guiris y aprovechando el corrillo repartían los folletos. Según volvía hacia el castillo empecé a pensar en la mala cara que tenían los dos pobres bichos despiertos a esas horas del día, que son aves nocturnas. Pero no tardé en volver a visualizar la imagen que perturbaba mi serena compostura. Para regocijo de mis ojos volví a cruzarme con ellas un par de veces más a lo largo de la mañana (¡MOSQUIS! ¡Bellas mujeres con rapaces nocturnas! ¿Acaso no sangro si me pincháis?).

Tuve que esperar un cigarro y medio más hasta que mis padres consiguieron las entradas y pudimos cruzar el foso para entrar en la fortaleza.

Sabían lo que hacían los colegas, la barbacana de la entrada con el foso detrás para retener a los invasores y acribillarlos a base de flechas y virotes, o para proteger una salida de caballería. Doble rastrillo tras el foso y dos patios para dificultar la toma. Súmense a eso las muralllas con sus almenas, y las torres fortificadas con matacanes de madera para situar ballesteros y tirar piedras a los que se acerquen demasiado. El castillo contaba en sus tiempos con una segunda barbacana cerrada, casi totalmente circular, extramuros. Comunicada con el castillo por un pequeño camino amurallado servía para acribillar los posibles invasores que se acercaran desde el río.

Hicimos la visita sin guía ni audioguía, con los carteles que había colocados en los sitios importantes nos fuimos enterando bien de la función de cada elemento de la fortaleza. Lo que es el interior es como cualquier castillo reconstruido, salas vacías con el muro desnudo, a excepción de una de ellas en las que se conservan restos de unos frescos que ilustran las batallas entre los francos y los sarracenos, que ocuparon Carcasona durante un breve periodo de 30 años allá por el 725 anno domini. Estuvieron ocultos durante más de mil años, y ni siquiera salieron a la luz durante la reconstrucción del siglo XIX. Lo más bonito e ilustrativo de la ingenieria militar es el paseo por las almenas y las torres, allí es donde lo explican todo. Gracias a aquellos letreros pudimos distinguir las torres romanas de las murallas (pues fueron erigidas en tiempos de los romanos, y los visigodos apenas las reconstruyeron y les hicieron algún añadido) de las medievales.

La visita finaliza en la tienda de recuerdos. Allí me compré una maqueta de un “tonelón”, máquina de asedio que servía para situar a los ballesteros invasores a la altura de las almenas. No quedaban catapultas, y la torre de asedio, aunque bonita, era bastante más cara. Al menos en esa tienda se venden regalos de bastante más calidad que en las de afuera, es tienda de monumento nacional y se nota. Aún me preguntó por qué no cayó uno de aquellos vasos carolingios de cristal tan monos y tan baratos… supongo que porque los descubrí cuando ya estaba pagando.

Nos gustó mucho la visita al castillo, me la esperaba mucho más sosa, pero fue muy impresionante y educativa. Compensa con creces la decepción del conglomerado de tiendas que hay en la ciudad amurallada.

Iba siendo hora de comer y fuimos a coger mesa rápido a una terraza interior. Amenazaba con llover, y de vez en cuando nos caían unas gotillas, pero como no tenía pinta de ir a más decidimos quedarnos al aire libre. Por fin comí pasta, llevaba muchos días sin macarrones (que constituyen mi dieta básica), y me pedí unos tallarines a la boloñesa. Una crepe al ron de postre remató la faena.

Por la tarde teníamos previsto Rennes-le-Château y Limoux. Limoux en realidad estaba como destino prescindible si no daba tiempo, pero como Arques lo habíamos visto el día anterior…
Rennes-le-Château es una tomadura de pelo. Yo me había dejado embaucar por fotos que aparentaban que aquello era más grande e interesante. En realidad es una especie de abadía, pequeñaja, a la cual rodea un mito templario-grialista-telúrico-sionista al más puro estilo Codigo DaVinci. Si no se es muy aficionado a los best-sellers de templarios y misterios religiosos no sé yo qué narices se le puede encontrar a aquello. Y no merece más comentario.

Volviendo a Carcasona paramos en Limoux, vimos una iglesia con ábside gótico, de la cual sólo el ábside vale la pena porque el resto es moderno (no recuerdo ni el nombre), y como hacía mal tiempo y estábamos bastante decepcionados por Rennes-le-Château no teníamos muchas ganas de dar más vueltas y decidimos ir volviendo a Carcasona.

Un día muy flojo, pero la magnífica visita al castillo de Carcasona lo salvó.

3 Septiembre, 2007 at 21:50 by Jorge Orte Tudela

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28 Ago 2007

Miércoles, 15-8-2007 - Carcasona - Lagrasse - Villerouge-Termenès - Château de Queribus - Château de Peyrepertuse - Château d’Arques - Carcasona

Nos levantamos tempranito para empezar la que prometía ser una larga jornada y que finalmente no lo fue tanto. Parecía que íbamos a perder más tiempo yendo de un sitio para otro. Amaneció nublado, pero después de la experiencia de Albi no desesperé del todo.

Primero visitamos la abadía de Lagrasse, de la orden benedictina, y ocupada en la actualidad por la orden, al menos la mitad de ella. La abadía vieja, en parte de estilo románico y en parte benedictino (s. VII a X), está restaurada en parte y los monjes habitan la parte más moderna, del siglo XVIII, que sólo se puede visitar por las tardes ya que por las mañanas los monjes se dedican a aquello de ora et labora.

Lo primero que se ve según avanzas por el camino es la torre, todavía en ruinas, pero quizá por eso aún más atractiva e imponente. Para visitar la abadía vieja hay que entrar por la puerta trasera de la tienda de recuerdos, desde la cual accedes a un pequeñísimo claustro. La restauración es bastante incompleta, por un lado es comprensible que tratándose de una de las abadías más antiguas de Europa no esté todo como el primer día, pero por otro lado podrían haber gastado un poco más, algunos suelos siguen hechos un asco. La visita comprende la bodega, la panadería y la sala capitular en la planta baja, y los dormitorios y el claustro superior en la segunda planta. Y algunas otras salas que no recuerdo a qué se destinaban, pero que en cualquier caso eran irreconocibles. Al no poder visitar la torre (así estará), y estar tan hecha polvo, la visita sabe a poco, aunque está lo bastante arreglada como para poder imaginarla en sus buenos tiempos, y tampoco resulta decepcionante. Es sólo que se hace pequeña.

Después dimos una vuelta por el casco medieval del pueblo, supuestamente uno de los más bonitos de Francia (otro), pero que no es para tanto en realidad. Más bien normalito, Saint-Cirq-Lapopie era mucho más chulo.

Seguimos nuestro camino, que nos llevó a Villerouge-Termenès, donde teníamos una cita con su castillo que, esta vez sí, visitamos. Y es que está a la altura del pueblo, no hay interminables subidas por caminos de cabras. De hecho desde el aparcamiento se llega bajando una pequeña cuesta. Es un castillo chiquitín, del tipo que habita una familia de nobles, no una fortaleza, aunque está fortificado. Que se sepa, el castillo primero perteneció a Pierre de Peyrepertuse (s. XI), quien lo cedió a su hija como regalo de bodas cuando se casó con Pierre de Termes, pero en el siglo XII pasó a ser propiedad del arzobispo de Narbona.
Fue en Villerouge-Termenès donde fue quemado el último cátaro conocido, Guihem Bélibaste, prefecto de Cataluña, por orden del arzobispo de Narbona.

La visita está amenizada por una audioguía incluida en el precio de la entrada, que va narrando la historia del castillo por voz de sus protagonistas, en plan teatral. Es un poco chorrada, pero no está del todo mal montado, al principio de la visita hay un monigote del narrador contemplándote desde arriba y todo. Paseamos por las distintas salas, alguna de las cuales estaba amueblada al estilo de la época, en las que se emiten audiovisuales. Hacia el final de la visita se pasea entre las almenas de las murallas hasta entrar en la torre del homenaje por la parte de arriba. Una estrechísima escalera de caracol discurre por el interior del doble muro, tan estrecha que dudaba de que pudiera caber por ella con el bolso de la máquina, y conduce a la planta baja de la torre. Una vez allí no ves salida alguna y empiezas a temer que haya que volver a subir la escalera, pero finalmente la encontramos oculta tras un tapiz. Ya tienen mala leche, casi no se ve, estaba claro que lo hacen a posta para acojonar.

Era ya la hora de comer y preguntamos al recepcionista por restaurantes cercanos. Como primera opción nos dio el restaurante medieval del castillo, menú de 33 euros para arriba, y dijimos que pasábamos mucho del tema, así que nos indicó un pequeño restaurante que estaba a dos pasos. Un buen bistec de ternera con patatas y ensalada hizo de plato único, y de postré tres trozos de queso de cabra de la región me hicieron reponer fuerzas para continuar la ruta.

Desde allí teníamos que ir a los castillos de Queribus y Peyrepertuse, con el inconveniente de que la maravillosa máquina parlante no conocía su ubicación exacta, de modo que le indicamos que nos guiará hasta Cucugnan, el pueblo más cercano. Nos alejamos bastante de la zona de Lagrasse y Villerouge-Termenès, hacia el suroeste, y cuanto más avanzábamos más se despejaba el cielo. Por el camino vimos ruinas de varios castillos, la zona estaba bien sembrada, incluso me paré a hacerle una foto al de Padern, que estaba muy a mano (y muy deshecho).

Según nos acercábamos a Cucugnan empezamos a ver letreros indicadores que nos llevarían a los castillos, pero una vez en el pueblo no veíamos ninguno. Afortunadamente había una oficina de turismo estratégicamente situada al lado de la carretera, donde al parecer todos los turistas paraban para ver por donde diablos se seguía hacia los castillos (fijo que no ponen carteles más a la vista para que pares y hacer más promoción de la zona).

Primero fuimos al de Queribus, ascendiendo por una carreterilla, que más bien parecía un camino asfaltado, hasta el aparcamiento. Queribus se alza en lo alto de un risco, para variar. Aunque está en ruinas conserva buena parte de su torreón principal, y es quizá el más bonito de ver de todos los de la zona. Tiene además otra ventaja, y es que el aparcamiento está muy alto, de forma que la subida es de apenas 15 minutos, y muy practicable, de hecho nos planteamos subirla, pero mi tobillo aún no estaba para bromas y la cuesta, aunque corta, era muy empinada.

En la subida me sucedió una anécdota divertida. Paramos en un pequeño mirador a mitad de camino para hacer una foto con teleobjetivo, usando la Nikon F2, y usé como disparador la empuñadora de pistola con su cable. Volvimos a guardar la máquina y seguimos la ascensión tan panchos. De bajada paramos en un punto en el que la carreterilla tenía medio arcén, dejando pasar a los coches por los pelos, para hacer otra foto, y allí descubrí que me faltaba la rosca de la empuñadura que sirve para engancharla a la cámara. No es la primera vez que me ocurre, porque a veces se afloja, pero al menos tenía una idea de donde podía estar, en el mirador de más abajo. De bajada volvimos a parar, con tanto atino que no tuve ni que bajar del coche para recogerla, tal cual paramos estaba a mi derecha, estirar el brazo y recuperarla. Casi podríamos haberlo hecho en marcha para darle más gracia al asunto.

En dirección contraria, no muy lejos, está el castillo de Peyrepertuse, al cual tampoco subimos porque eran otros 25 minutos de dura subida y a pesar de ser bastante grande está muy deshecho. Desde una pequeña explanada a mitad de camino, desde la que se veía Queribus entre la brumilla, hicimos las fotos. Después paramos a tomar algo en un chiringuito que había en la bajada, de camino a la carretera principal, y decidimos volver a Carcasona, bastante antes de lo previsto.


Château d’Arques (Francia)

Resultó que por el camino vimos varios indicadores que señalaban Arques a poca distancia, así que por aprovechar más la tarde fuimos a ver su castillo, o menor dicho, torreón. Lo venden como château, pero en las señales pone donjon. Y es que básicamente queda el torreón, intacto, con algunos restos de muralla baja. Decidimos que no valía mucho la pena pagar otros 4,50 euros por barba por visitarlo por dentro, es muy pequeño, y por lo que había leído no hay gran cosa salvo algunas estancias amuebladas. Nos contentamos con verlo por fuera y hacerle unas fotos.

Nos vino muy bien visitarlo y adelantar un poco la ruta, porque al día siguiente calculábamos que la agenda estaría un poco más apretada, y por la mañana teníamos pendiente terminar Carcasona.

Volvimos al apartahotel todavía temprano, con tiempo para descansar antes de cenar.

28 Agosto, 2007 at 18:52 by Jorge Orte Tudela

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27 Ago 2007

Martes, 14-8-2007 - Toulouse - Caunes-Minervois - Carcasona

Era el día en que tocaba cambiar de base de operaciones, nos despedimos de Toulouse y entramos en la autopista camino de Conques. Hubo un fallo técnico por mi parte… Yo quería ir a Conques para visitar su importante abadía románica, pero en la ruta programada el Conques que tan cerca quedaba de Carcasona era Conques-sur-Orbiel, un pueblecillo normal y corriente sin nada que ver. Nos dimos cuenta después de media hora recorriéndolo de punta a punta.

Un fallo muy pero que muy gordo, porque esa abadía era uno de los platos fuertes del viaje, y lamentablemente quedaba a 300 y pico kilómetros que no nos podíamos permitir (otros tantos de vuelta). Encajé el golpe cabizbajo y seguimos nuestro camino hasta Caunes-Minervois, donde hay otra abadía románica que queríamos visitar. Como habíamos madrugado bastante y la abadía abría tarde tuvimos que hacer tiempo sentados a la sombra en una plaza hasta que nos abrieron las puertas (fuimos los primeros del día, claro). En la recepción, tras comprar las entradas nos explicaron el recorrido. Los folletos los tenían en cristiano, y hasta en catalán, pero la mujer que nos atendió sólo hablaba francés, como básicamente sólo habló ella no tuvimos mayores problemas porque se le entendía perfectamente. Se empieza por el claustro moderno, que eso, es moderno, y enseguida se bajan unas escalerillas que llevan al claustro antiguo. O lo que queda de él, pues hace de cimientos para el moderno. Desde allí se baja a una pequeña cripta carolingia que conserva una pequeña pintura. Al haber edificado la iglesia moderna encima esa pintura hay que verla en un espejo, pues está en el arco de una ventana que tiene un muro interior a menos de un metro.

Después se visita la iglesia, que no tiene nada interesante, y se vuelve al claustro pasando por la sala capitular, que también es moderna. Además de la cripta carolingia lo que es interesante es el ábside románico, que es la última etapa del recorrido. Ahí sí que te deleitas, además del ábside hay dos torres, y una especie de anfiteatro moderno en el que se realizan actuaciones y conciertos, supongo que por la noche.

Es un ábside muy bonito, pero yo me esperaba una abadía algo más grande. A la salida vimos de pasada una exposición de fotografía de naturaleza de un fotógrafo local, situada en el claustro moderno. Había también exposiciones de pintura y algunos restos arqueológicos de la antigua abadía, aunque poca cosa y no muy interesante. Al menos hay que reconocer que los franceses aprovechan bien los espacios turísticos para hacer centros culturales.

La siguiente etapa eran los castillos de Lastours. Al pueblo se llega en media hora desde Caunes-Minervois, y desde el aparcamiento divisas por primera vez las torres. Ahí arriba, muy altas, en un risco. Posición muy estratégica y lo que usted quiera, pero los 40 minutos de dura subida los hará su señor padre (y encima pagando 4,50 euros, y abajo del todo por si te arrepientes a medio camino), porque ni con el tobillo sano estoy yo por la labor, que ya no tengo edad para estas cosas. En mis tiempos mozos andaba por la montaña caminos más largos y duros, pero la vejez no perdona, y los esguinces menos (que buena excusa). Mis padres tampoco estaban por la labor de subir por un camino de cabras para ver cuatro piedras, así que empecé a buscar algún mirador en una carretera cercana que se veía desde allí. Mientras tanto oímos a un grupo de catalanes charlando mientras volvían a sus coches y mi padre, feliz y contento de poder hablar en cristiano con alguien, les preguntó por el castillo. Nos explicaron lo de la subida y tal y aclaramos que pasábamos del tema y que queríamos hacer fotos. Ellos también habían pasado como de la mierda al ver el caminillo que subía to parriba hasta el infinito y más allá, y se habían enterado de que más arriba había un camping que tenía un mirador al que se podía acceder pagando religiosamente dos euros por cabeza. Así que subimos con el coche hasta el camping de marras.

Allí teníamos la vista típica de las guías turísticas, así que angular para la general y teleobjetivo para sacar cada uno de los castillos aislados. Desgraciadamente quedaba ligeramente a contraluz, el sol había ascendido ya demasiado y había bastante brumilla, así que no creo que las fotos valgan mucho. Ya veremos cuando vuelvan de Kansas las que hice con tele, porque la que hice con angular no vale nada.

Desde allí fuimos ya hasta Carcasona, parando primero en un Intermarche Les trois Musquetaires para aprovisionarnos de cenas y desayunos. Con 45 euros compramos para tres personas, tres días, y nos sobró. Embutidos y fiambres, quesos, pan de molde, leche, bizcochos, magdalenas, pain au chocolat, Cherry-Coke (¡por fin! ¡en la civilización aún tienen! creo que soy el único español al que le gusta). Definitivamente en España nos estafan. Sí claro, los precios sólo un poco más baratos, pero el sueldo mínimo francés es de 1.126 euros y en España de 516 (y las estadísticas del sueldo medio español se la pueden meter donde les quepa porque lo que no te dicen los muy listillos es la desviación media).

En fin, la maravillosa máquina parlante nos llevó al apartahotel, pero no tenían la habitación lista hasta las 14, así que dejamos las maletas y nos subimos a comer a la ciudad vieja. Está a dos pasos, es más, a un tiro de piedra si tiras con fuerza y mucha mala leche, pero la subida tiene miga. Además nos metimos por un camino que parecía más bien un canalillo de desagüe. Hubo que hacer una parada estratégica a mitad de camino para recuperar el aliento y contemplar las vistas de las murallas y el castillo, y finalmente entramos en un pandemonio de tiendas, restaurantes y turistas (muchísimos catalanes, como se nota que lo tienen más cerca que Zaragoza).

Nos costó lo nuestro encontrar mesa, estaba todo a tope porque ya era un poco tarde (las 13) para el horario francés y estaba todo el mundo comiendo. Pero finalmente nos sentamos en el interior de un restaurante, en una esquina alejada de los ventiladores y fuera del alcance del aire acondicionado. Pues no hacía calor ni nada aquel día, y con la subida estábamos empapados en sudor.

Lo primero fue el agua, a raudales, y mi coca-cola. Después pedí salchichas de Toulouse (original yo, comiendo las especialidades de Toulouse en cualquier sitio menos allí) que vinieron acompañadas de la omnipresente ensalada y la imprescindible montaña de patatas fritas. Traga que te traga y cayó la primera jarra de agua, nos costó conseguir una segunda, porque sólo había una camarera y la pobre no daba abasto. Como la cosa se eternizaba me salí a fumar un cigarro mientras mis padres pedían el postre, y ya que estaba al lado me acerqué a un pequeño mirador desde el cual se ve el castillo con el foso y el puente (foto que no hice porque no llevaba la cámara, más tarde caía a contraluz y el siguiente día no tenía ganas de subir con la cámara a cuestas). A la vuelta me esperaban dos bolas de helado de chocolate negro y moka (nos gustó la combinación).


Carcasona (Francia)

La tarde la pasamos callejeando, vimos la puerta de Narbona y la basílica de Saint-Nazare, que antaño fue la catedral, y mogollón de tiendas y restaurantes. La verdad es que las casas no tienen nada de típico, deben ser bastante modernas, posiblemente posteriores a la reconstrucción de las murallas del siglo XIX. Es todo un tinglado turístico para vender cachivaches made in Hong Kong de aspecto supuestamente medieval. Finalizamos el paseo rodeando las murallas, desde la puerta de Narbona hasta la puerta del Aude, que es por la que habí­amos entrado, y volvimos al apartahotel, no sin antes hacer la foto de rigor (ver a la izquierda). No me di cuenta en aquel momento, pero a la vuelta me apetecía ver una peli “medieval” y me tragué otra vez el Robin Hood de Kevin Costner. El castillo del gobernador de Nottingham es el de Carcasona, y el encuadre que veis en la foto es clavado al de una escena de la pelí­cula (cuando Robin escapa después de hacerle la cicatriz al gobernador).

27 Agosto, 2007 at 19:15 by Jorge Orte Tudela

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23 Ago 2007

Lunes, 13-8-2007 - Toulouse - Rabastens - Albi - Toulouse

Me desperté con el tobillo entumecido, y más hinchado todavía. Tras desayunar, el trayecto de la habitación al coche transcurrió sin más incidentes desastrosos y empezamos la ruta. El primer destino era Rabastens.

Realmente se trata de una parada corta, lo justo para visitar la iglesia de Notre-Dame-du-Bourg, románica e inscrita en el Patrimonio de la Humanidad, otra vez más, por pertenecer al Camino de Santiago francés. Una gozada de visita, ni un maldito turista (ellos se lo pierden), tan sólo una abuelica rezando. Y la iglesia… una maravilla. Por fuera es discreta, pero el interior conserva la mayor parte de las pinturas románicas. Planta típica en forma de cruz y una sola nave componen su estructura, con bonitas vidrieras adornando el ábside, pero son las pinturas lo que más llama la atención. Entre que la luz era artificial (pagando religiosamente un euro para que se encienda) y que fuera estaba el día nublado pues no hay fotos.


Catedral de Santa Cecilia (Albi - Francia)

Nos acompañó el mal tiempo hasta Albi, lo que me sentó como un tiro, porque pensaba hacer bastantes fotos. Aparcamos en el centro, cerca del casco histórico, y fuimos directos a la catedral de Santa Cecilia, símbolo de la victoria de los católicos en la cruzada contra los albigenses (uséase, los cátaros). Impresiona nada más doblar la esquina, tremenda. Es la más alta de Europa, y con capacidad para albergar a 5.000 personas, y para más INRI está toda hecha de ladrillo, que esta vez no me decepciona porque impresiona pensar la paciencia que hay que tener para levantar semejante mostrenco poniendo un ladrillico encima de otro. Está estructurada en una sola nave con su ábside, y para sostener semejante peso los laterales están llenos de pequeños contrafuertes redondeados. Si lo piensas bien el arquitecto era la leche, la solución que buscó es muy elegante y evita que se disimule la impresionante altura del templo. Se entra por un lateral, subiendo unas escaleras y atravesando un magnífico conjunto escultórico.


Catedral de Santa Cecilia (Albi - Francia)

Dentro también es muy impresionante. De nuevo la altura de la nave se realza precisamente por carecer de naves auxiliares y columnas. Hay pequeñas capillas a los lados, en los huecos de los contrafuertes, el coro y su fantástico conjunto escultórico en el ábside, y en el extremo opuesto un enorme órgano y una pintura renacentista del Jucio Final. La pintura es otro de los elementos clave de la catedral de Albi, son contemporáneas de la Capilla Sixtina, y además el interior pintado más grande de Europa. Están pintadas la totalidad de las paredes y la bóveda. Dirijas a donde dirijas la mirada hay algo bonito que ver, salvo que se te ponga por medio algún turista feo, que abundan lo suyo (tanto los turistas como los turistas feos).
La visita al coro es pagada, pero pagamos de buena gana. La sillería no está muy elaborada, es sencilla, son las esculturas de estilo gótico -como la mayor parte de la catedral- lo que hay que ver.

Por fin juntamos valor para salir de la maravilla de Albi, felices como lombrices, y tanto más al ver que el cielo se había despejado y sólo quedaba alguna nubecilla vagabundeando aislada.

Se iba haciendo tarde y decidimos ir buscando sitio para comer prontito antes de que los turistas terminen de llenar todas las mesas. Allí mismo en la plaza, frente al palacio episcopal, encontramos una mesa libre (por los pelos). Yo tenía una cita pendiente con un plato en concreto, la cassoulette de Toulouse. Debería haberla comido en Toulouse, claro, pero en el restaurante del primer día no tenían y cuando cenamos en el hotel no tenía hambre para semejante plato. La delicatessen en cuestión es una especie de fabada, con judías blancas, confit de pato, costilla de cerdo y nuez moscada. Contundente y sabrosa. La tuve que pasar con dos coca-colas y una botella de agua y ni aún así conseguí acabarla. No hubo postre, no entraba ni con embudo.

Con las tripas bien servidas bajamos hasta el puente viejo, uno de los más antiguos de Francia, del siglo XI (aunque reconstruido en varias ocasiones), desde el cual vemos discurrir el río Tarn, los restos del viejo molino fortificado y contemplamos la vista de la catedral desde la otra orilla (a contraluz, así que sin foto). En ese puente casi se tuerce el tobillo mi padre, y lo que es peor, casi va a parar el trípode al río durante el incidente (el habría ido detrás de cabeza a buscarlo).

Volvemos hacia el palacio episcopal (o palacio de la Berbie), que en la actualidad alberga el museo Toulouse-Lautrec, pintor que se cuenta entre mi favoritos, así que la visita es obligada. Además de las obras del pintor hay retratos suyos hechos por otros pintores coetáneos. De él hay de todo, muchas pinturas del Moulin Rouge, de las cuales me gusta especialmente “Carmen la Rouge”, algunos autorretratos, paisajes, dibujos e incluso pequeñas caricaturas. El museo también alberga otras exposiciones temporales, pero no nos apetecía verlas. Sí que visitamos un par de habitaciones del palacio Episcopal propiamente dicho que se conservan con la decoración y el mobiliario originales. En la tienda del museo hice la primera compra del viaje, soy muy dado a comprar libros y recuerdos, pero en este viaje no vi gran cosa que me interesara. Me hice con el catálogo de la exposición permanente de Toulouse-Lautrec, si un museo me gusta siempre me llevo el catálogo (menos en el Louvre, que no tenía un catálogo de toda la exposición pero tenía pequeñas selecciones para turistas sin apenas nada de las salas de arqueología).


Jardines de la Berbie (Albi - Francia)

Saliendo del museo, a mano izquierda, están los jardines del palacio, se puede bajar a verlos de cerca, pero sin meterse dentro, y preferimos verlos desde el mirador de arriba que tiene mejor vista (y foto).

Para rematar callejeamos aquí y allá a la busca y captura de casitas medievales. Son muy curiosas porque aunque son la típica casa medieval con vigas de madera entrecruzadas, en lugar de adobe usan ladrillo y cemento. Pero el ladrillo no está colocado de la forma común, uno encima de otro, en toda la pared, en la mayor parte están inclinados en diagonal, una fila en una dirección y la fila de arriba en la contraria. Supusimos que de esa forma la estructura sería más sólida, porque nos pareció un poco rebuscado que fuera sólo por motivos decorativos.

Entre callejuela y callejuela buscamos una farmacia, porque el bálsamo del tigre se me estaba acabando, y además no es anti-inflamatorio, mediante señas y cuatro palabras en nuestro rudimentario francés conseguimos hacernos entender y nos dan una pomada (un espectáculo circense en toda regla, oiga). Como aún era pronto nos sentamos en una terraza de la plaza de la catedral para descansar tranquilamente viendo pasar a la gente hasta que nos aburrimos y volvimos al coche.

A las siete ya estábamos en el hotel, así que descansamos un poco hasta las ocho para ir a cenar a la plaza del Capitolio. Elegimos un italiano, que me apetecía pasta, pero en vez de pasta acabé pidiéndome una enorme tostada de jamón cocido con queso de cabra (y ensalada, ensalada en todas partes, a mí que no me emociona ni lo más mínimo…), y de postre una mousse de chocolate. Muy cuca ella, la tarrina en la esquina de un plato grande cuadrado con dibujos de sirope y nueces con pasas en la esquina contraria, lo mejor para mis alergias (por lo demás la mousse estaba muy buena).


El Capitolio (Toulouse - Francia)

Pudimos comprobar lo que ya nos habían contado, que Toulouse es especial, allí hay vida nocturna, en otras ciudades francesas a las ocho de la tarde ya no hay un alma en las calles. Aquello estaba llenísimo de franchutes cenando y paseando, y además vimos que los bares de copas están abiertos hasta las tres y media de la noche. Terminamos de cenar justo a tiempo para hacer alguna foto nocturna. Sólo me salió bien la primera, de la plaza y el Capitolio, que es la que tenía el cielo en su punto, después oscureció demasiado y a mi me entró un apretón de mil demonios (la cena del día anterior, el desayuno y la cassoulete aún estaban dentro de mí). No sé si es que el fotómetro me falló o yo me despisté mientras me aguantaba (menuda estampa, a cada paso mis intestinos protestaban). Así que las dos que hice (sí, dos, con las tripas a punto de reventar) de Saint-Sernin han salido demasiado oscuras. Mi heroica gesta no sirvió de mucho.

De ahí al hotel echando chispas (menos mal que llevábamos el coche) y nada más llegar visita a messieur Roca (dos visitas de hecho, en la primera no terminé de vaciar el atasco y a los cinco minutos ya estaba otra vez en la taza, si no cagué tres kilos serían dos y medio). Una vez aliviado y en paz conmigo mismo fui capaz de echarme a dormir.

23 Agosto, 2007 at 20:43 by Jorge Orte Tudela

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22 Ago 2007

Domingo, 12-8-2007 - Toulouse - Cahors - Saint-Cirq-Lapopie - Rocamadour - Sarlat-la-Canéda - Toulouse

Después de un copioso desayuno (como me gusta el pain au chocolat) lo primero que hice fue dar un mal paso en las escaleras del hotel y hacerme un esguince en el tobillo. Buena forma de empezar el día… Todavía sentado en el escalón mandé a mi padre a mi habitación para que me cogiera de la maleta la tobillera (siempre en la maleta, SIEMPRE) y el bote de bálsamo del tigre (otro clásico en mis viajes, para acompañar la tobillera) y allí me hice una “cura de emergencia”. Uséase, embadurnarme el tobillo de pontingue y hacer de tripas corazón.

Por suerte, y por desgracia, era el día con más kilómetros de coche de la ruta. Por suerte porque no anduve demasiado, por desgracia porque de estar todo el rato sentado sin poder poner el pie en alto se me hinchó más de lo previsto.


Puente Valentré (Cahors - Francia)

En fin, primer destino Cahors, a ver el famoso puente medieval fortificado (Pont Valentré) y la catedral. A ambos sitios nos acercamos lo más posible con el coche, claro, bendito sea el Gepe ese. Primero el puente, con buena luz para hacerle fotos. Cruza el río Lot y cuenta con tres torres defensivas y de vigilancia, además de formar parte del Patrimonio de la Humanidad por estar en el Camino de Santiago francés, se trata del único puente fortificado que se conserva en toda Francia.

Desde allí el Gepe ese nos llevo a un aparcamiento cercano a la catedral. También forma parte del Patrimonio de la Humanidad por el mismo motivo. Por fuera resulta muy curiosa debido a sus dos cúpulas gemelas, alineadas con la torre. Por dentro es bonita pero no para tirar cohetes. No perdimos mucho tiempo en ella porque había misa cantada, se estaban eternizando y está muy feo esto de visitar las iglesias durante misa.


Saint-Cirq-Lapopie (Francia)

Llegar a Cahors era fácil, mucho tramo de autopista y un cacho de carretera nacional, pero desde allí hasta Saint-Cirque-Lapopie las carreteras ya eran más retorcidas y estrechas. Saint-Cirq-Lapopie es un pequeñísimo pueblo medieval que cuelga de un risco, de los más bonitos de Francia según las guías (otro más), en el cual se inspiraron varios artistas del movimiento surrealista, Picasso también estuvo por ahí. Y está abarrotado de gente, te tienes que dar de puñetazos para encontrar mesa en un restaurante. Y visto el panorama lo primero que hicimos fue comer… Y de casualidad encontramos sitio, con los tres aparcamientos llenos estaba casi todo completo. Me tragué unos entremeses de embutidos y ensalada y una enorme salchicha de cerdo, que sabía muy parecida a la butifarra blanca, acompañada de más ensalada y una montaña de patatas fritas cuya cima no pudo ser conquistada. Aún conseguí hacer hueco para el postre, helado de chocolate negro y café de Nicaragua, cosa fina oiga. Después de aquello callejeamos un poco por el pueblo para ver las casitas medievales, fotos de turno desde un mirador, y hasta el siguiente destino.

Las carreteras camino a Rocamadour eran cada vez más estrechas y con más curvas. Una vez allí pude comprobar que la guía estaba en lo cierto, lo odiarás o te enamorarás según la época del año en que lo visites. Verano y Semana Santa para odiarlo, y es que es un centro de peregrinación. Odiarlo lo que se dice odiarlo no lo odié, pero casi. Gente por todas partes, era casi imposible caminar. Pero al menos lo tienen bien montado. Como está medio escavado en la pared de un desfiladero (preciosa foto si no lo hubiera pillado a contraluz) aparcas en una explanada en la base. Allí cojes un trenecito (tractor camuflado con vagones) que te sube al primer nivel, el del pueblo, o si tienes valor subes la cuesta. Nosotros no teníamos valor, y con mi tobillo en esas condiciones la excusa se pintó sola. 3,50 por barba por subir en el trenecito. Te deja en la entrada de la calle del pueblo, si, “la”, en singular, en la pared de un desfiladero no hay espacio para muchas calles. Tiendas a la izquierda, tiendas a la derecha y turistas en todas direcciones. Pero tiendas, TIENDAS. Nada de tiendas de souvenirs decoradas al estilo rústico de la zona. Nanay, tiendas de ropa en plan boutique con su decoración, tiendas de artesanía decoradas en plan moderno y heladerías a patadas. En fin, que con las persianas bajadas, dos gatos y un perro seguro que es mucho más bonito. Desde allí puedes subir al santuario en un ascensor (otros 4 euros por barba o cuesta de mil demonios). Se compone de varias capillas dedicadas a la virgen negra y no recuerdo qué santos. Recuerda un poco a San Juan de la Peña por aquello de que una de las paredes es la montaña, pero San Juan de la Peña mola más, aparte de ser más bonito tienes la peña encima de la cabeza. Para subir hasta el castillo puedes echarle narices a la cuesta o pagar 4,50 más (cada vez más caro, ya saben los condenados, ya…). Así que decidimos que les dieran por el culo. Mi tobillo no estaba para cuestas y ya está bien de pagar hasta por respirar, ya íbamos a ver más castillos en el viaje.

San Gepe Ese nos guió por unas preciosas carreteras del Perigord Negro hasta el siguiente destino. Huelga decir que desde Cahors las carreteras son de las de 60 kilómetros en una hora (literalmente), y estas ya no tenían ni raya en medio, tráfico tampoco, afortunadamente. Pero el trayecto es precioso y casi se agradece ir tan lento (mi padre no, que es el que conducía, pero nadie pidió su opinión), rodeado de bosque a ambos lados, entre montes (o colinas, no sé yo cuando algo alcanza la categoría de monte, pero diría que aquello se quedaba en colinas altas). Pero bosque del que te imaginas cuando lees cuentos infantiles, árboles frescos y húmedos, enredaderas y todo tipo de plantas trepando por los troncos, helechos por el suelo, en plan cuento de hadas, y con una luz preciosa que se filtraba entre las ramas y las hojas. Ese trayecto es uno de los recuerdos más bonitos que guardo del viaje, y no me importaría volver de propio a pasar el día en la zona.

Finalmente el Gepe ese nos llevó hasta Sarlat-la-Canéda, y a partir de aquel momento pasó a llamarse “la maravillosa máquina parlante”, y la consigna fue “obedece a la máquina que habla, la máquina parlante es sabia, la máquina parlante es grande”. En contra de todas las apuestas nos llevó a todas partes sin perdernos. Supuestamente por el camino más corto, eso ya no lo pudimos comprobar, pero llevarnos nos llevó, y no es poco, porque con un mapa de carreteras perdidos de la mano de Dios en la Francia profunda no hubiéramos dado pie con bola.

 
Sarlat-la-Canéda (Francia)

Sarlat-la-Canéda es una ciudad que se dice medieval a pesar de que la inmensa mayoría de los edificios son renacentistas. En ella habitó una temporada el rey inglés Ricardo Corazón de León, y se han rodado en sus calles infinidad de películas de la Edad Media. Además es la ciudad europea con más monumentos por kilómetro cuadrado (no son tantos kilómetros, pero es que en el casco histórico todas las casas son renacentistas o un poco posteriores). Francamente impresionante, llegamos con el sol cayendo, y la estampa es aún más impresionante, la piedra de color miel toma unos tonos dorados maravillosos. Es una auténtica lástima que llegáramos tan tarde porque me hubiera gustado dedicarle un día entero (ya está apuntado otro viaje a la zona, no sé cuando, pero seguro que vuelvo). Recorrimos las calles principales del casco histórico desde la iglesia de Santa María hasta la catedral de Saint-Sacerdos, pasando por el Hôtel de Vienne, el edificio de la antigua cámara de comercio hasta divisar la linterna de los muertos. Y nos dejamos por ver más de la mitad del casco histórico. Lo dicho, si alguien piensa ir por esa zona que no lo dude y le dedique un día entero a disfrutarla con calma, porque el conjunto arquitectónico es una auténtica joya. De lo mejorcito del viaje.

Con mucho pesar nos despedimos de Sarlat y tuvimos que volver a Toulouse, malcenando un bocadillo en la autopista, y llegando casi a las once de la noche a la habitación.

Nos dejamos Souillac y Carsac-Aillac, por falta de tiempo y ser lo menos interesante de la ruta.

22 Agosto, 2007 at 20:56 by Jorge Orte Tudela

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21 Ago 2007

Sábado, 11-8-2007 - Zaragoza - Toulouse

La mañana ya se sabe, carretera y autopista, cruzamos por el Portalet, que no es el camino más corto, pero es camino conocido. Sin mayor novedad. Llegamos a Toulouse a la hora de comer (hora francesa, se entiende). El hotel estaba a dos cruces de la salida de la autopista, a la orilla del Canal de Midi (Patrimonio de la Humanidad, aunque si solo ves un cacho es un canal como cualquier otro, la cosa es que comunica la vertiente atlántica con la mediterránea, y lo hicieron en el siglo XVIII). Así que tras acomodarnos en el hotel encontramos un restaurante cercano. Nos toca desoxidar el francés a mi madre y a mí, con tan buena suerte de que el camarero que nos atiende ha vivido nueve años y medio en Ibiza y había vuelto cuatro meses antes, así que nos habló en un perfecto cristiano y santas pascuas, porque de la carta entendimos la mitad.

Como es costumbre francesa se sirve un entrante ligero, en este caso entrante del día sin posibilidad de elección, y un plato fuerte. Lo de ligero era un chiste, porque se trataba de una “ensalada” con un poco de lechuga y una tarrina de hígado de pato con chorizo y bacon. Hice de tripas corazón y caté el hígado, que no es santo de mi devoción ni mucho menos, y hasta me forcé a seguir comiendo un poco, pero que no me entra. Y de segundo plato un filete de buey (cortado de una forma que sólo se hace en Toulouse) con patatas y ensalada. Por lo que vimos en los días sucesivos se sirve mucho buey en la zona, bastante más que cordero y ternera. Mis padres comieron confit de pato, que también era plato obligado en todos los restaurantes que pisamos. Y de postre queso vasco con aceite de oliva. Lo que es la fórmula del entrante y el plato fuerte eran 15 euros escasos, y aunque parezca que es menos comida que dos platos nanay, que el plato fuerte cunde mucho. Eso sí, el agua a precio de vino y los postres a 6 euros (señores postres, otra costumbre es pedir sólo el plato fuerte y un postre).


El Capitolio (Toulouse - Francia)

Después del paréntesis gastronómico no dirigimos al centro histórico. Bajamos hacia el Garona siguiendo un canal que comunica el de Midi con el río, a cuyas orillas hay viejas casas unifamiliares y fábricas abandonadas de principios de siglo (una tabacalera muy cuca entre ellas). Al llegar al río veo que incluso tan cerca de sus nacimiento sigue haciendo sombra al Ebro… cacho río… yo sigo acomplejado desde la visita a Burdeos. Continuamos por la ribera hasta el puente Saint-Pierre, en la otra orilla se ve la cúpula del antiguo hospital de peregrinos del mismo nombre, y desde allí nos internamos en la urbe por una calle estrecha hasta llegar a la plaza del Capitolio. Lo primero que veo, en la esquina, es una tienda de cómics, Arcade, y recuerdo al instante que allí me compraba mi hermana los encargos de mangas en francés que le hacía en mi época friki (más friki todavía, quiero decir, aunque parezca mentira). El conjunto es muy bonito, los pórticos llenos de terrazas y restaurantes, y una gran explanada en el centro, delante de la fachada del Capitolio. Personalmente el neoclásico no me llama la atención ni lo más mínimo, pero en este caso me gustó, supongo que por la rara combinación con el ladrillo rojo de la zona, que más adelante me cansaría.

Desde allí nos dirigimos a lo primero que vimos señalizado, el convento de los Jacobinos. En el corto trayecto contamos no menos de cuatro librerías, como se nota que estábamos en tierras civilizadas… Los Jacobinos es un mazacote de ladrillo sin el menos interés arquitectónico por fuera. Lo dicho, un mazacote de un rojo uniforme. Por dentro tiene un poco más de interés, la peculiaridad de que la planta rectangular está dividida en sólo dos naves, en lugar de una o tres, como es habitual, y las vidrieras son especialmente bonitas. El claustro, tan “famoso”, es bastante más decepcionante. Su curiosidad es que está totalmente hecho de ladrillo (menos los capiteles, que no son nada del otro mundo), pero resulta monótono. La sala capitular es más bonita.

Volvimos hacia la plaza del Capitolio para buscar la basílica de Saint-Sernin. No nos costó mucho encontrar el camino, y esta sí que no nos decepcionó. Lo primero que vimos al entrar por la rue Tauf (toro) es la torre octogonal. Que también está hecha de ladrillo, como todo en esa ciudad, y sus ventanales. El resto no llamaba la atención especialmente, y menos por el hecho de tener un andamio en plena entrada. Pero es muy curioso ver una iglesia románica de ladrillo, ni en Aragón que está plagado de ladrillo las hay. El interior es muy sobrio, planta en forma de cruz, tres naves de bóveda de cañón y el ábside. Todo muy, muy sobrio (incluso para ser románico), pero con paciencia y espíritu contemplador uno se va percatando de los pequeños detalles que hacen de Saint-Sernin el monumento, a mi juicio, más interesante de Toulouse. Los pequeños arcos dobles del segundo piso, los restos de frescos aquí y allá, las bases galo-romanas de algunas columnas, un sarcófago paleocristiano… Saint-Sernin requiere su tiempo, hay que explorarla con calma y tranquilidad para apreciarla, y le dedicamos ese tiempo y más, pues aprovechamos para sentarnos a descansar un poco.

Como parte del Camino de Santiago francés está incluida en el Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO, pero lo merecería por méritos propios. Además de ser preciosa resulta ser la iglesia románica más grande de Europa (y del mundo, cabe suponer). A la salida nos esperaba una nueva sorpresa, el ábside. Compuesto de varios ábsides pequeños (se llamará de alguna forma, pero mi vocabulario arquitectónico no da para más) en dos niveles, y construido también con ese ladrillo rojizo de la zona, llega incluso a recordar levemente los ábsides de las iglesias bizantinas, no es que se parezca, pero tiene un aire similar.


Pont-Neuf y el Garona (Toulouse - Francia)

Seguimos callejeando entre edificios de ladrillo, algunos con balcones y enrejados muy bonitos, pero ladrillo, ladrillo y más ladrillo (es que los aragoneses estamos saturados), hasta la catedral. Que no vale gran cosa, ni por fuera ni por dentro. Por fuera es también bastante mazacote, y por dentro además de ser más bien sosa está bastante descuidada. La curiosidad es que la nave principal no está alineada con el ábside, pero vamos, que es una visita totalmente prescindible salvo que te sobre el tiempo y te aburras mucho. Cuando llegamos a la plaza de la catedral había gente saliendo de una boda, así que nos sentamos en una terraza para seguir descansando (que entre callejeo y callejeo aún pateamos lo nuestro) hasta que desaparecieron.

Después de aquello empezaba a hacerse tarde y seguimos callejeando hasta llegar a la ribera, de camino vimos el patio de un palacete, cuyo nombre no recuerdo, que ya no se podía visitar a esas horas. Y fuimos bajando por la ribera, con una parada estratégica para reponer líquidos (donde aproveché hábilmente para perder el cable disparador al guardar la cámara en el bolso, ahora tengo que comprarme otro), de camino al canal que nos llevaría de nuevo al hotel.

21 Agosto, 2007 at 22:47 by Jorge Orte Tudela

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21 Ago 2007

Ya he vuelto

Bueno, volví el sábado, hace cuatro días, pero entre que descanso, revelo las fotos, las voy digitalizando y demás no he tenido ni tiempo ni ganas de escribir.

El viaje en general es quizá el más flojete de los que he hecho, había muchas cosas preciosas, desde luego, pero Toulouse me decepcionó un poco, y definitivamente no vuelvo a hacer turismo en agosto, está todo masificado, incluso una zona que aparentemente no atrae tantísimo turismo.

Al final no fue tanta paliza de cuestas, había menos de las que parecía, y de las que había no subimos la mayoría, porque el segundo día me hice un esguince en el tobillo y no estaba el horno para bollos. Fue en las escaleras del hotel, había un autobús de japoneses (están en todas partes, se deben turnar para hacer sitio en Japón a los que se quedan…) y el ascensor no paraba quieto. Así que antes de llegar a bajar al piso de abajo, en el último escalón, me torcí el tobillo y maldita la gracia que me hizo. Como esguince fue tirando a fuerte, y sé de lo que hablo porque ya llevo nueve esguinces en ese tobillo (y una rotura, y vaya usted a saber cuantas vulgares torceduras) y cuatro en el otro, pero con un poco de pomada y la tobillera que siempre llevo en la maleta pude seguir sin pasar por el hospital. Es que los esguinces nunca se curan, te recuperas de ellos, pero el músculo queda lesionado para siempre, y después de nueve, aunque sea fuerte, no es lo mismo que cuando te haces el primero. El músculo está ya muy dado de sí, aunque aún así se hincha y duele.

Kilómetros fueron unos 2.100 en total, concentrados sobretodo en los dos primeros y el último día, el resto de sitios estaban bastante cerca, pero eran kilómetros de los que se multiplican por dos. Las carreteras rurales francesas, sobre todo al norte de Midi-Pyrénées, son como las de montaña, todas llenas de curvas. Y las más de las veces sin raya en el centro. Así que vas a una media de 60 por hora.

Tuvimos que saltarnos alguno de los destinos, los menos interesantes, y por culpa de mi tobillo no subimos a ningún castillo (nos vino muy bien la excusa, porque las cuestas tiraban para atrás…).

En esta ocasión sí que pude probar la gastronomía francesa, los restaurantes están como en España, los platos más baratos, pero las bebidas más caras. Tanto más barato cuanto más al sur y/o alejado de sitios turísticos estás, claro. Así que entre 14 y 20 euros por barba comes tranquilamente las especialidades de la zona. Los supermercados sí que son más baratos que en España (aunque la gasolina no), así que sigo confirmando mi postura de que lo de España no tiene nombre, precios europeos y sueldos africanos… Y yo planteándome apuntarme a la escuela de idiomas para refrescar mi francés y emigrar de esta cueva de cacos.

Me he vuelto a llevar un disgustillo con las fotos. El fotómetro, que pasó por el servicio técnico a la vuelta de París, estuvo funcionando bien a principios de año, pero ya antes de salir me dio la impresión de que empezaba otra vez a fallar, aunque no demasiado y me echaba la culpa a mí. Definitivamente falla, menos que la otra vez, pero lo suficiente para chafarme unas cuantas fotos interesantes. Afortunadamente no arriesgué y tiraba al menos dos fotos de cada abriendo medio paso el diafragma en la segunda, pero en unos cuantos casos ni con esas. Por suerte la mayoría de las mejores fotos han salido bien o razonablemente bien, pero hay tres o cuatro que me duele mucho haber perdido. Entre eso, la masificación que te quita las ganas, que la mayor parte del tiempo tienes el sol cayendo a plomo y tres días que nos salieron nublados (y el último incluso lloviendo), pues tampoco vuelvo con muchas más fotos que la otra vez, eso sí, una decena de ellas son pequeñas joyas, que no está mal. Aún tengo que mandar a Kansas los rollos de Kodachrome, así que aún saldrán unas cuantas decentes más.

Como he dicho estos días las he estado revelando, y como suponía me he quedado sin químicos y un par de rollos los tengo que mandar a revelar fuera (porque en primavera me equivoqué en una proporción y tuve que gastar más de uno que de los demás, que si no llegaba por los pelos).

El diario de viaje… pues como que lo rellené el primer día y después ya no tuve ganas. Muchas horas de coche y las que no son de coche cargando con el equipo (¡y el tobillo abultando el doble de lo normal!). Pero si me quito la pereza aún estoy a tiempo de escribir un resumen de memoria. Así que me pongo a ello ya…

¡Por cierto, que el domingo (19-8-2007) salí mencionado en el Heraldo de Aragón!, en el suplemento Hoy Domingo, en un pequeño artículo sobre blogs de viajeros aragoneses. Si me lee el periodista: no, movidas no salieron, pero subexpuestas alguna que otra por culpa del dichoso fotómetro mentiroso que tengo.

21 Agosto, 2007 at 22:05 by Jorge Orte Tudela

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10 Ago 2007

Mañana salgo hacia la civilización

Mañana tempranito salgo hacia Toulouse, para llegar allí a mediodía, descargar las maletas, comer y empezar la visita. La ruta del viaje es la prevista, salvo que improvisemos algo por el camino.

Para el reportaje fotográfico me llevo:

Hasselblad 503CW
Carl Zeiss T* IF CFE Distagon 4/40
Carl Zeiss T* CFE Planar 2.8/80

Nikon F2
Nikkor K 28 mm f/3.5
Nikkor K 105 mm f/2.5
Nikkor K 200 mm f/4

Trípode Manfrotto 055PRO + 141RC Basis

Fotómetro Gossen Lunasix 3s
Filtro Hasselblad Polarizador
Filtro B+W Polarizador Slim
Filtro Kodak Wratten 81B
Y los UV, parasoles, respaldos, visores y parafernalia diversa, claro.

15 rollos de Fujichrome Provia 100F (120)
10 rollos de Fujichrome Velvia (120)
10 rollos de Kodachrome 64 (35 mm)

Es decir, unos 14 kilos de equipamiento, 300 exposiciones en 6×6, 240 exposiciones en 35 mm y la sensación de que voy a hacer corto.

Pero es que he dejado el congelador temblando, sin película de color en medio formato y unos pocos rollos en 35 mm, creía que tenía un poco más, y conseguir rollos de medio formato en Zaragoza en el día es más bien complicado, especialmente cuando la única tienda que tiene de normal cierra en agosto por vacaciones.

El blanco y negro no lo he tocado, porque me da que este viaje se presta solo para fotografía en color. Sí, claro, algún motivo para blanco y negro siempre habrá, pero no creo que suficientes para gastar un rollo, y prefiero usar un respaldo para Provia y otro para Velvia, si tuviera un tercero me llevaría 3 o 4 rollos de blanco y negro por si acaso. Y encima no me atrevo a revelar en ByN hasta que no pase el verano, estos días hace un tiempo estupendo hasta para positivar, pero estoy seguro de que volverá el calor y hasta octubre no estará la cosa en condiciones.

Eso sí, los cuatro días que me quedan de vacaciones a la vuelta los voy a pasar encerrado en la cocina revelando diapos… Menos mal que puedo revelar de 6 en 6 rollos, creo que voy a agotar los químicos que me quedan, y mejor, porque ya llevan abiertos dos meses más de lo recomendable, Aunque el último rollo salió perfectamente hace un par de semanas, los conservo con todas las precauciones necesarias para que no se estropeen antes de hora.

Lo malo es que si agoto los químicos y los rollos de color a la vuelta me espera un generoso bocado a mis recursos económicos para reponer el congelador y el armario de químicos… Del orden de 250-300 euros para dejarlo todo como estaba. Y a eso hay que sumarle que los 10 rollos de Kodachrome hay que mandarlos a revelar al otro lado del charco, otros 120 eurazos como nada entre gastos de envío y tarifas del laboratorio.

Creo que voy a pasar un par de meses a pan y agua…

10 Agosto, 2007 at 10:22 by Jorge Orte Tudela

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19 Jul 2007

Vacaciones

Había que empezar por lo del curro nuevo, porque si no esta entrada no tenía mucho sentido…

Bueno, pues que acabo de empezar y ya tengo fijadas las vacaciones. Del 8 a 22 de agosto no curro, la empresa cierra, y aunque me correspondería poco más de una semana me llevo dos por el precio de una (así de contínuo tenía que ser, currar 3 meses y dos semanas de vacaciones).

Desde principios de noviembre no piso tierras extranjeras, y ya empiezo a tener mono, así que en buena hora, aunque no me voy muy lejos. Estaré una semana en el sur de Francia, en las regiones de Midi-Pyrinées y Languedoc-Roussillon, es decir, la zona de influencia cátara. Este año toca un poco de montaña y mogollón de románico y castillos.

Como el área a abarcar es considerablemente amplia la estrategia a seguir incluye dos bases de operaciones, Toulouse y Carcasonne, desde las cuales haremos los desplazamientos pertinentes, que serán abundantes. A falta de cambios de última hora e improvisaciones la ruta viene a ser algo así:

Día 1: Zaragoza - Toulouse

Día 2: Toulouse - Cahors - Saint Cirq-Lapopie - Rocamadour - Souillac - Sarlat-la-Canéda - Carsac-Aillac - Toulouse

Día 3: Toulouse - Albi - Rabastens - Toulouse

Día 4: Toulouse - Carcasonne - Conques-sur-Orbiel - Caunes-Minervois - Castillos de Lastours - Carcasonne

Día 5: Carcasonne - Lagrasse - Villerouge Termenès - Castillo de Queribus - Castillo de Peyrepertuse - Carcasonne

Día 6: Carcasonne - Limoux - Castillo d’Arques - Rennes-le-Château - Puilarens - Carcasonne

Día 7: Carcasonne - Mirepoix - Montsegur - Foix - Zaragoza

Algunos días están bastante cargaditos, pero los he distribuido coherentemente en función de las distancias recorridas y el tiempo estimado que dedicaremos a cada cosa. Los castillos, por ejemplo, están muy cerca los unos de los otros, y como están bastante deshechos no creo que tardemos mucho rato en verlos. Lo mismo sucede con algunos pueblos, que son muy pequeños y sólo tienen una iglesia o una abadía como cosa interesante.

Esta vez espero volver bien cargado de fotos, y sin que el laboratorio la cague o me falle el fotómetro como la última vez, en París.

19 Julio, 2007 at 18:15 by Jorge Orte Tudela

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